Mostrando entradas con la etiqueta gil de biedma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gil de biedma. Mostrar todas las entradas

19.5.13

Otro ladrillo en el muro

Al ministro Wert dan ganas de reventarle sus desamparados oídos (sordos) a base de decibelios pinkfloydianos ("We don't need no education / We don't need no thought control / No dark sarcasm in the classroom / Teachers leave them kids alone"), porque él solito se basta y se sobra para pasar de ser otro ladrillo en el muro a convertirse en el muro todo; un muro contra el que se dan de bruces, una y otra vez, los cabales argumentos de quienes se oponen a su beatífica Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, que vienen a ser (casi) todos los implicados en el paripé educacional: profesores, padres y alumnos. Lo advirtió el gran Pedro Simón ("La escuela no es inocente en la debacle adulta: los críos llegan con unas maravillosas prestaciones de serie a la puerta del colegio, pero hay toda una termomix —educar es reprimir— pensada para mixturarlos") y lo ha refrendado Emilio Lledó ("El ser humano es lo que la educación hace de él"). Sabedores de ello, los endocrinos gubernamentales han embocado en el aparato parlamentario una reforma legislativa que no hay quien se la trague pero que, si nada lo remedia, verá la luz transformada en excremento —hecha una mierda, vamos— tras una pesada digestión que culminará dentro de tantos meses como sean necesarios para que olvidemos su acidez primigenia. Entre ideólogos FAEScistas y rancios obispos han cocinado un vomitivo puchero que adoctrinará como borregos nacionalcatólicos a unas criaturas que no se sienten descendientes de su adorado Cordero de Dios. La mayoría absoluta pepera continúa, pues, arrollando, como aquella otra que denunciaba Gil de Biedma en Años triunfales: "Media España ocupaba España entera / con la vulgaridad, con el desprecio / total de que es capaz, frente al vencido, / un intratable pueblo de cabreros".

3.4.13

Periodismo retroactivo

Leí el titular y (mal)dije para mis adentros que el periodismo retroactivo había llegado demasiado lejos: "Españoles, Franco ha muerto", balbució ayer un espíritu coñón en la red, y ante tal rimbombancia tuve la sensación de subirme con retraso al carro de la Historia; aunque tardé poco en desfacer el entuerto y descubrir que la aparente burla no era sino un afectuoso homenaje al último cadáver exquisito del cine español, Jesús Franco, que acababa de dejar huérfana a la cinefilia más extravagante. Pronto hice mi contribución al pésame generalizado y me repuse del susto, pero los excesos del periodismo retroactivo siguieron rondándome. Eché un vistazo a las noticias del día en varios medios digitales y, como dándome la razón, los titulares aludían sin excepción a añejas historias: el relato de la jornada se parecía más a lo prometido por un popular título de Gil de Biedma (Ahora que de casi todo hace ya veinte años) que al análisis de la rabiosa actualidad. Constaté así que la presente crisis del periodismo tiene poco que ver con el cambio de paradigma tecnológico pero mucho con la fraudulenta administración de los réditos (des)informativos del pasado. Verbigracia: los estrechos lazos entre un mandamás y un narco gallegos, cuya endeble trabazón ha servido a Arcadi Espada para pergeñar una ridícula —por improbable— primera plana de cómo debió haberse dado la noticia cuando entonces: "Una alto cargo de la sanidad gallega se fotografía en un yate con un hombre del que se rumorea su vinculación al contrabando de tabaco", vendría a ser el titular, adornado por dos impagables subtítulos: 1) "El alto cargo, Núñez Feijóo, será presidente de la Xunta 14 años después"; y 2) "El hombre, Marcial Dorado, será condenado por contrabando de drogas 14 años después". Tocados (y hundidos), los gerifaltes de la prensa española deberían (re)leer a Nietzsche para recordar que "un exceso de historia daña la vida".