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2.2.13

Viciosos de la herida

En las últimas semanas, a cada golpe de clic ratonero me topo con una incontrovertible frase: "Las mujeres somos así, incomprensiblemente, imperdonablemente viciosas de la herida". Viene de serie en una novela que aún no he tenido el gusto de leer, Últimos días en el Puesto del Este, y desprende el arrebatador aroma de la descarnada prosa de Cristina Fallarás, una hembra poderosa, pero incapaz de esconder sus debilidades, que sabe de lo que habla: define una actitud de la que cualquier fulano podría dar fe, aunque a más de uno le cueste comprenderla. Por alguna extraña razón, el insoportable hedor de la (más que) rabiosa actualidad impide que espante de mi mente el eco de tan dolorosa sentencia: "incomprensiblemente"… "imperdonablemente"… "viciosas de la herida"… Parecen palabras espigadas para retratar a las víctimas del robo más grave —falta por saber si también es el más grande— del siglo; porque solo se podría entender el borreguismo electoral que aqueja a la inmensa mayoría de los españolitos desde un diagnóstico que lo definiera como irreprimible (e incurable) vicio, o sea, una enfermedad por culpa de la cual aún queda gente orgullosa, con la que está cayendo, de responder al cobro en B con el voto en beee, como denuncia en Twitter la coñona 'masaenfurecida'. Quienes nunca hemos osado practicar el juego democrático, impedidos por una despreciable mezcla de cobardía y cinismo, asistimos con curiosidad a la batalla de argumentarios de los defensores de lo indefendible, sin poder evitar la caída en el desánimo: maldecimos que todavía exista quien cree en la resurrección de la carne, quien confía en que la exánime democracia pueda imitar al evangélico Lázaro de Betania, se levante y ande. Entre tanto, aquí seguimos los rebeldes, quienes defendemos que solo podremos salir de esta moldeando el lenguaje, sustituyendo una 'v' por una 'b', botando en vez de votando.

16.12.12

Hambre de indulto

Hace algo más de un año, Cristina Fallarás retrataba así a un amigo fotógrafo y escritor: "En Uribe siempre se respira la libertad ventilada de los que nada tienen, ni siquiera prejuicios, ni pactos, ni cuentas pendientes. Ni mierdecitas de compadreo". Por aquel entonces, la Fallarás no sospechaba que, algo más de un año después, la sede de su editorial sería el lugar elegido por aquel amigo para ponerse en huelga de hambre, pero adelantaba (in)conscientemente la admirable catadura del personaje que el pasado 11 de diciembre se bajó de un autobús en Barcelona, pilló en La Boquería lo justo para un bocata de jamón y queso y, tras darse un humilde festín, anunció que no comería más; no, al menos, hasta ver cumplidas sus peticiones. Willy Uribe reclama que le den largas a un antiguo yonqui gallego, hoy rehabilitado, que se vio arrollado hace años por el aniquilador galope del caballo y que fue pillado dos veces cambiando unas papelinas de manos; como contraprestación, el reportero vasco demanda de los mandamases presentes y pasados explicaciones acerca de algunos indultos que se le antojan injustificables, como el rubricado por Gallardón a favor de cuatro mossos d’esquadra condenados por tortura o el concedido in extremis por Zapatero a un gerifalte de los dineros. La España democrática regala casi quinientos indultos por año y, lo mismo da que gobierne la derecha que la izquierda, siempre caen del mismo lado —"golpistas del 23-F, terroristas de los GAL, políticos corruptos, jueces prevaricadores, grandes empresarios y banqueros defraudadores, narcotraficantes…"—. Uribe, optimista, se quita importancia: “No soy un suicida, no soy un mártir, no soy un héroe, pero voy a ir hasta el final porque el final va a ser la libertad de David, no va a ser un final necrológico”. Lo que pasa es que, con esta gente de por medio, nunca se sabe.

30.11.12

El chocho y el coño

La diferencia entre "Me duele el chocho" y "El coño huele a coño" es la que hay, aunque tú no lo sepas, entre un evanescente reality show seudopornográfico y una profunda reflexión sociocultural. Lo que separa a un chocho dolorido de un oloroso coño son, aunque no lo parezca a primera vista, cientos de páginas de lectura, miles de horas de estudio, decenas de miles de horas de escritura. La distancia que hay entre un vulgar chocho capitalino y un desprejuiciado coño maño es la que necesitaría recorrer una adolescente arrabalera hasta alcanzar la dignidad humana de una de las periodistas más valientes del panorama nacional. El chocho de una impúdica pelandusca que malgasta el día revolcándose —cámara mediante— para regocijo de los espectadores del (pen)último engendro televisivo, viene a ser la quintaesencia audiovisual de la decadencia moral y cultural de esa que (hasta ahora) nos habían vendido como la generación mejor preparada de nuestra historia. El coño de Cristina Fallarás –con perdón— representa la ejemplar rebeldía del joven (aunque sobradamente preparado) periodismo español y su anarcoide libertad de expresión; esos que tratan de desembarazarse a marchas forzadas de la vampírica Cultura de la Transición y su pacata autocensura. No es lo mismo confesar que te pica el chocho, en medio de un volteo televisado y al tiempo que te preguntas si todos los condones llevan látex, que publicar un artículo sobre violencia de género en la revolucionaria sección cultural de un flamante diario online bajo un título provocador. No es lo mismo, en fin, ser destinatario de una (supuestamente graciosa) dedicatoria de los Mojinos Escozíos que ser glorificado por Juan Manuel de Prada en un (delicioso) opúsculo de ecos ramonianos. No sé si me explico, pero no es lo mismo, como diría mi abuelo, tuberculosis... que verte el culo.