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16.2.13

¿Dimi... qué?

'Dimitir' es un verbo que los académicos que limpian, fijan y dan esplendor a nuestra lengua incluyeron en el diccionario consensuado del español por cortesía, pero la suma de los hijos de la "conejienta Celtiberia" (Catulo) que se han atrevido a conjugarlo en primera persona es irrisoria. En España somos más de procrastinar —en espera de que amaine el temporal— que de dimitir, que es una costumbre muy extendida en el ámbito anglosajón —en Reino Unido o Alemania no hay mandamás que sobreviva a un escándalo— y hasta en el cuadriculado Japón, donde hace unos meses desertó en bloque medio centenar de miembros del partido gobernante simplemente por oponerse a una subida del IVA. Incluso la (intra)historia vaticana ha retrocedido (milagrosamente) seis siglos para ver cómo un Papa (Ratzinger) cuelga los hábitos antes de que la dama de la guadaña lo eleve hasta la compañía del Altísimo. Pero aquí nadie se da por aludido: en Merkelandia nos tienen calados y ahora es el Frankfurter Allgemeine quien denuncia —vía editorial— que, en nuestro país, quien ostenta el poder "se anida a él con todas sus fuerzas, ya que lo único que les importa a los políticos españoles es la supervivencia en el puesto, aunque su imagen corra peligro de irse al infierno". Nos gusta creer que estamos en plena transición hacia otro orden de cosas y a lo mejor es verdad, como defiende Javier Gallego en su Elogio de la sociedad civil, que "el miedo está cambiando de bando", pero lo malo es el que poder aún no ha dado ese paso. Debemos culminar la revolución, porque la indignación no basta para contradecir a Andrés Trapiello cuando sostiene que, en esta sociedad, "el peor espectáculo no es el que nos dan, sino el que damos". Si aquí no dimite ni Dios, habrá que dimitirlo.

29.10.12

Las fieras literarias

Si no fuera por los plausibles sobresaltos que se producen en su seno de cuando en vez, el mundillo de las letras patrias languidecería sin remedio: siempre fueron bienvenidos, por revitalizadores, los exabruptos cotidianos de Cela; los rutinarios egotrips de Umbral; las rancias largadas de Pérez-Reverte; o la salvaje agarrada que mantienen Arcadi Espada y Javier Cercas a cuenta de la realidad y la ficción. Por eso, la flamante salida de tono de Javier Marías al rechazar el Nacional de Narrativa me ha devuelto la fe en la combatividad de nuestra aletargada literatura. Arguye el escritor madrileño, para defenderse de la politización de su gesto, que no acepta galardones oficiales y estatales ni, mucho menos, remuneraciones públicas. Sea. Aunque no olvidaremos que hubo un día en que sí aceptó premios y dineros públicos, quizá porque tanto lo uno como lo otro le hacían más falta que ahora. Mayor alcance tuvo, hace ya casi dos décadas, Andrés Trapiello al advertir que, "cuando el Estado dice que tal libro o tal autor es mejor que otros, está ejerciendo una moralidad indecente, pues no hay una ley que se lo permita, una moralidad hipócrita, porque sabe que eso es así, y una moralidad banal, porque al final no consigue nada con ello". Sucede, sin embargo, que estas antidemocráticas prebendas oficiales permiten zarpazos como el que ha lanzado La [depredadora] Fiera Literaria al socaire: "Marías es el ente más negado para la escritura que ha existido desde el pleistoceno hasta la actualidad; quien peor ha manejado el castellano en todos los tiempos y lugares. Confunde el significado de las palabras, enreda la sintaxis como un nudo Gordiano, hace repeticiones que retumban en los tímpanos del lector desprevenido, se gasta un humor que hace llorar a las hormigas con alas…". Este, me parece, es el verdadero premio.