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22.3.13

La mala educación

Tiene escrito Umbral en alguno de sus autorretratos iniciáticos que "la cultura es un tiempo a salvo", pero a los españoles nos va la marcha y preferimos lanzarnos desde párvulos a la aventura del (no) saber, que se nos antoja mucho más trepidante. La mala educación celtíbera no es una exorcizante película de Almodóvar, como alguno pudiera pensar, sino el rasgo prototípico de la idiosincrasia española, que viene de lejos. Pero la burda maniobra de la Comunidad de Madrid filtrando a la prensa casi dos años después los lamentables resultados de las pruebas de acceso a su cuerpo de maestros no hace honor a nuestra historia: ese 86% de suspensos entre los aspirantes a examinadores nos sabe a poco, pues la antología del disparate regalada por los examinandos (y dosificada por los papeles estos días) evoca al popular maestro Ciruela, "que no sabía leer y puso escuela". ¿Será posible que un docente desconozca por qué provincias se deja caer el Ebro hasta dar a la mar, que es el morir? Parece que sí, y, por las reacciones suscitadas entre nuestros (seudo)enciclopedistas contemporáneos, el perdón se pagará caro: en la última semana hemos vislumbrado un espejismo mediático en el que Montesquieu desbarraba por escrito en un cospiranoico diario madrileño y Diderot picafloreaba vociferando de tertulia en tertulia mientras Rousseau sermoneaba desde la radio de los obispos; hasta que hemos caído en la cuenta de que esos presuntos ilustrados son hijos de la (in)cultura general (des)aprendida en la fascistoide Enciclopedia Álvarez que no acaparan más conocimiento que el justo para llegar al final del día. Así que se admiten valientes: "Unas gafas cuestan 185 euros más que la funda. Gafas y fundas cuestan 235 euros. ¿Cuánto cuestan las gafas?". Los aspirantes a examinadores madrileños no pasaron este examen. ¿Lo pasarían los examinadores de los examinadores? ¿Y los (seudo)enciclopedistas? ¿Y tú? ¿Y yo?

13.1.13

El último clic

Enrique Meneses pasó la vida, mientras pudo, como El viajero de Juan Bonilla: "Viajando de un lugar que ya no existe / a otro que jamás existirá". Su menú periodístico seguía a rajatabla la Dieta lingüística recetada por Juan Vicente Piqueras: "Use cada día verbos de movimiento. / Evite los pronombres reflexivos. / No hable entre comillas". Ejerciendo de hijo de periodistas, el bebé Meneses vino con una Underwood debajo del brazo y abrió antes el obturador de una Rolleiflex que sus propios ojos. Desde chaval fue consciente de algo que Umbral tardaría mucho tiempo en certificar: que "el articulismo supone sacrificar la verdad a la actualidad", por lo que eligió el fotoperiodismo como profesión y el reportaje como género. En lo suyo fue un maestro, y pocos colegas podrían exhibir un currículo como retratista de la revolución cubana, relator de las muertes de Manolete o Kennedy, fotógrafo para Life o Paris Match y supervisor del Playboy español, para que la España del destape no se empachara de destetes; y todo ello sin haber pisado nunca una rueda de prensa. Unos años antes de morir reunió sus aventuras en un tocho titulado con querencia epitáfica Hasta aquí hemos llegado, y cuentan que la lectura de esas memorias hizo exclamar a Fraga: "¡Hay que ver lo que ha bebido y follado en su vida usted!". En efecto, este madrileño de mundo tenía alma de carrete y sangre de tinta y güisqui, amén de una afinada puntería para escupir las palabras. Para llegar hasta el belicoso Canal de Suez en 1956, tomó un taxi en El Cairo y, en lugar de una dirección, le largó al chófer una sinécdoque: "Lléveme a la guerra". De allí solo regresó para seguir luchando en la batalla doméstica hasta que su bombona de oxígeno dijo basta, hace ahora una semana… que parece una eternidad.

2.12.12

El bienpagao

En vísperas de las segundas elecciones que perdería frente a Felipe González en 1993, Aznar fue destinatario de una Carta (en forma de libro) enviada por un esperanzado Arrabal; en ella, el profeta del milenarismo deseaba que el futuro gobierno pepero actuara "siguiendo el consejo de Sócrates bajo la autoridad de la belleza, de la ciencia, de la moral y de la verdad". Para cuando Aznar pudo mudarse finalmente a La Moncloa, tres años más tarde, el deseo publicado se tornó desprecio público: por no andarse con rodeos, el agrandado presidente ejecutó una enmienda a la totalidad de la sugerencia socrática: fealdad, inmoralidad y mentira fueron sus señas de identidad. Pese a todo, la querencia continuista de los españoles prorrogó, un mandato más, los primeros "cuatro años de aburrimiento" y "buena merienda". Había triunfado, remató Umbral, "el régimen de vitaminas y el vacío mental". Mas llegó el día en que España no toleró al tío del bigote ni una mentira (subvencionada) más y lo condenó a dejarlas por escrito (y por lo privado), que es a lo que se dedica desde entonces. En sucesivos panfletos bienpagaos, el expresidente ha tergiversado sus ocho años de gobierno y anunciado un antídoto contra la crisis escasamente leído, a lo que se ve. Ahora se pasea por estudios y platós idiotizando al respetable, como recién salido de un festival del humor tróspido, haciendo chistes para anormales y largando sandeces sin compasión. La percha es el primer tomo de unas Memorias que hasta el fatuo Carlos Herrera ve como pasadas por la nevera: "No habla mal de nadie". Ni siquiera de sí mismo, claro. En 2002, mediada su última legislatura, Victoria Prego se interesó por segunda vez por sus errores cometidos como gobernante. La (no) respuesta del presidente más ridículo de nuestra democracia fue: "Eso lo dejamos para el próximo libro". Pero ni por esas.

4.11.12

La libertad ha muerto

Si, como dejó escrito Tzara en uno de sus manifiestos dadaístas, la "biografía es el séquito del hombre ilustre", Agustín García Calvo fue, sin duda, uno de los españoles más ilustres, pues la vida de este polígrafo, recientemente malograda, da para varios y suculentos tochos. Si, como reconocía Umbral en una de sus novelas iniciáticas, "la literatura es estarse siempre cortando lonchas de uno mismo y vendiéndolas lo mejor posible", la obra del filósofo zamorano, ay, fue una barra de magro fiambre malvendida. El profesor García Calvo manejó con destreza de tahúr todos los palos de la baraja literaria sin que ninguno le garantizara la popularidad necesaria para vivir del cuento. Este libertario con hechuras de jipi y espíritu de griego arcaico nació en el milenio equivocado pero no por ello dejó de acudir regularmente al foro a predicar su palabra. El personaje se impuso a la persona y por eso los obituarios no le hacen justicia; si acaso Ridao, que sobre la expulsión de su cátedra -junto a Tierno y Aranguren- tras la revuelta universitaria tardofranquista, recuerda: "En nombre de la libertad, Agustín García Calvo era tan contrario a la dictadura como a la democracia". La causalidad me cruzó involuntariamente en su camino: un amigo común le encargó una versión de Los persas de Esquilo para llevarla a escena; tras su primer adelanto, la fidelidad clásica de la traducción asustó al director, que desechó esa opción y me propuso elaborar a cuatro manos una nueva versión. Por una vez, la necedad política obró con tino y los futuros paganinis abortaron el proyecto casi antes de que echara a andar. Siempre les estaré agradecido: creo que no hubiera podido sobrevivir a la carga moral de haber enmendado la plana al maestro, que, huelga aclararlo, por su cuenta finalizó el encargo y lo publicó.

29.10.12

Las fieras literarias

Si no fuera por los plausibles sobresaltos que se producen en su seno de cuando en vez, el mundillo de las letras patrias languidecería sin remedio: siempre fueron bienvenidos, por revitalizadores, los exabruptos cotidianos de Cela; los rutinarios egotrips de Umbral; las rancias largadas de Pérez-Reverte; o la salvaje agarrada que mantienen Arcadi Espada y Javier Cercas a cuenta de la realidad y la ficción. Por eso, la flamante salida de tono de Javier Marías al rechazar el Nacional de Narrativa me ha devuelto la fe en la combatividad de nuestra aletargada literatura. Arguye el escritor madrileño, para defenderse de la politización de su gesto, que no acepta galardones oficiales y estatales ni, mucho menos, remuneraciones públicas. Sea. Aunque no olvidaremos que hubo un día en que sí aceptó premios y dineros públicos, quizá porque tanto lo uno como lo otro le hacían más falta que ahora. Mayor alcance tuvo, hace ya casi dos décadas, Andrés Trapiello al advertir que, "cuando el Estado dice que tal libro o tal autor es mejor que otros, está ejerciendo una moralidad indecente, pues no hay una ley que se lo permita, una moralidad hipócrita, porque sabe que eso es así, y una moralidad banal, porque al final no consigue nada con ello". Sucede, sin embargo, que estas antidemocráticas prebendas oficiales permiten zarpazos como el que ha lanzado La [depredadora] Fiera Literaria al socaire: "Marías es el ente más negado para la escritura que ha existido desde el pleistoceno hasta la actualidad; quien peor ha manejado el castellano en todos los tiempos y lugares. Confunde el significado de las palabras, enreda la sintaxis como un nudo Gordiano, hace repeticiones que retumban en los tímpanos del lector desprevenido, se gasta un humor que hace llorar a las hormigas con alas…". Este, me parece, es el verdadero premio.