La maté porque era mía es una mediocre (y peligrosamente frívola) canción de Platero y Tú; y también una ligera (amén de disfrutable) comedia francesa filmada en los noventa por Patrice Leconte; aunque, por encima de todo, "la maté porque era mía" fue, desde antiguo, el grito liberador que escupía el macho ibérico tras pimplarse el penúltimo sol y sombra en la tasca de la esquina, con las manos ensangrentadas por culpa de lo que por entonces se denominaba, derrochando romanticismo, crimen pasional. Pero en esas llegó la modernidad, y con ella la progresía, que se propuso atajar una tragedia tan vieja como la humanidad con políticas de igualdad, o sea, con unos cuartos robados a los presupuestos generales del Estado y mucho autobombo y neolengua —de ahí la maldita violencia de género—. Hasta se llegó a montar un (fugaz) ministerio de la cosa que de poco sirvió, pues en los últimos días las mujeres están cayendo como chinches a manos de unos depredadores a los que aún llamamos hombres y, en lo que va de año, la luctuosa media de bajas femeninas supera el asesinato por semana. Y, aunque a un energúmeno tan corto de entendederas como González Pons le cueste creerlo, la solución no pasa por desbarres tan profundamente machistas como el que ha dirigido a las víctimas: "La confianza que tengan con nosotros, en la sociedad, tiene que ser más grande que el miedo que le tienen al hijo puta [porque la puta para los de su casta siempre es hembra, claro] que las mata". La solución habría que buscarla, más bien, derogando las leyes represoras y desterrando los rancios valores impuestos por nuestros nuevos inquisidores y repartiendo las responsabilidades a la hora de juzgar tan delicada cuestión: porque de señoras respetables están los cementerios llenos, pero santas y mártires cada vez quedan menos.
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31.5.13
Ni putas ni santas
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13.4.13
Los descerebrados
Como lo explicó el otro día Harguindey con inusitado descaro, me ahorro argüirlo yo: "Se puede ser genial, listo, normal, tonto, muy tonto y González Pons. Claro que el vicesecretario general de Estudios (¿?) del PP no está solo en la peña 'Los Descerebrados". El caso es que el relamido parlanchín se ha vuelto a cubrir de gloria esta semana: el mismo día que El País divulgaba las infracciones cometidas por la tesorería pepera durante dos décadas, respaldado por las inequívocas similitudes entre las cuentas blancas genovesas y las (supuestas) cuentas negras, González Pons se comía, sin atragantarse, un nuevo marrón: "La contabilidad del PP responde exactamente a lo que la ley le exige y le exigía. Y no tiene nada que ver con los supuestos papeles del extesorero Luis Bárcenas". Nada que ver… Nada… Ni siquiera un poco… Nada. Lástima que la justicia opine lo contrario, aunque aún no haya decidido entre si tiene un poco o un mucho que ver. De momento, mejor dejarlo estar y pasar a la dramatización de los hechos, con la que nos estamos echando unas buenas risas: los tres diarios nacionales de relumbrón andan a la greña por pequeñeces; por esa ridícula manía que ayer advertía Arcadi Espada: "A las noticias propias las llaman exclusivas y a las ajenas filtraciones". Así, lo que El País adelantó como 'Los papeles Bárcenas' y El Mundo ha rebautizado como 'Los papeles del tercer hombre', ABC lo ha rebajado a 'Las fotocopias de Bárcenas'; lo que El Mundo desveló y El País elevó a categoría de episodio nacional, el menguado ABC quiere dejarlo en agua de borrajas, ahora que su nulo olfato investigador y su paupérrima influencia lo han convertido en adalid del amarillismo cavernario. Para ello ha inaugurado un bochornoso serial con el que hociquea en la (relativa) gloria de sus rivales. Bonita manera de vender periódicos.
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