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7.1.13

Una tontería en el coco

La charla entre compañeros de quinta que mantuvieron el Rey y el periodista Hermida la otra noche por ver cuál de los dos la tiene más larga se hizo corta. Lo tiene escrito Andrés Neuman: "Lo breve calla a tiempo, lo corto antes de tiempo"; lo cual que la (no) entrevista a su majestad (de ustedes) no fue breve —pese a durar poco más de un cuarto de hora— sino corta, porque el monarca de turno calló mucho antes de que le pudieran ser formuladas las demandas reales de sus súbditos. Arturo González planteó algunas, a toro pasado: "Señor, usted reina, pero no gobierna. ¿Eso qué quiere decir? ¿No se siente una figura decorativa?"; o esta otra: "Majestad, ¿cree que es mejor para revalorizar su cometido y figura una entrevista amable y complaciente o una exigente y comprometida?". La respuesta a esta última cuestión la ha dado esa entelequia que llamamos opinión pública: la imagen del Rey, en particular, y de la monarquía, en general, cae en picado, antes y después de la infructuosa operación Zarzuela que sus asesores comunicacionales han ejecutado en las últimas semanas. Porque los españoles sabemos que tenemos un soberano díscolo y lo que de verdad nos gustaría es que la manoseada campechanía borbónica se tradujera algún día en sinceridad real; que el ciudadano Juan Carlos afrontara sus vicios (y virtudes) como el genial Mágico González asumía su kamikaze práctica del fútbol en el Cádiz: "Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida"; que el cascado regente rematara la faena parafraseando al noctámbulo mago del balón salvadoreño: "Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el reinado como un trabajo. Si lo hiciera, no sería yo. Solo reino por divertirme".

22.11.12

Góngora, desahuciado y okupado

Cuenta, no sé si la historia, la leyenda o una mezcla de entrambas, que hubo una vez un puñado de calles en la capital del reino, hoy llamado con agudeza barrio de las letras, en donde se cruzaban de ordinario para dirigirse a sus respectivos quehaceres las figuras más brillantes de nuestra áurea literatura: Cervantes, Calderón, Lope… Vecino de estos era Góngora, hasta que, arruinado, hubo de sufrir impotente cómo lo desalojaba de su propia vivienda su íntimo enemigo, un boyante y crudelísimo Quevedo que se dio el gusto de desahuciar a su rival de rimas plantándolo de patitas en la calle. El desahucio es la más dolorosa de las vejaciones que pueden infligirse a un ser humano, y su práctica se entiende con dificultad en una tierra que aparcó hace siglos o décadas las monarquías (más o menos) absolutistas y las dictaduras. Pero de poco sirve que nuestra democrática Constitución reconozca el derecho a una vivienda digna en un tiempo en el que no son los políticos sino los banqueros quienes nos desgobiernan. Los gerifaltes españoles se han vuelto a retratar con su desacuerdo en materia de desahucios, dejando en manos de Rajoy y sus secuaces el aplazamiento -no la solución- de un desproporcionado drama. Europa, a la que Andrés Neuman ve como una “abuela que se comporta como si nunca antes hubiera sido pobre”, aprieta las tuercas de nuestro engranaje público defendiendo a unos bancos que resucitan gracias a sus millones; y estos, a su vez, se hacen fuertes estrangulando a los políticos nacionales por donde los tienen cogidos desde siempre: por las gónadas. Entre tanto, afuera aguardan millones de viviendas vacías, sin redistribuir, como la que fue de Góngora y Quevedo en Madrid: ruina deshabitada okupada hace un año pacíficamente y desocupada a la fuerza por uno de tantos propietarios inhumanos.