Hay que ser borrico (o muy hijo de las dos Españas) para dejarse seducir por los cantos de la ignominia y acusar a Eduardo Madina de simpatizar "más con lo que representa ETA que con lo que representa el Partido Popular" pero, por increíble que parezca, esa fue la culebra que escupió la otra mañana Bieito Rubido Ramonde a los micrófonos de la COPE, en medio de una audiencia enardecida ante el indecente arrimón. El aliterado director de ABC hizo buena la denuncia de García Márquez acerca del frenético ritmo del periodismo actual ("Los periodistas no tienen tiempo para leer, ni siquiera de leer el periódico"); porque solo acudiendo a esa tara profesional se podría excusar la osadía de observar connivencia con el terrorismo en un político al que ETA dejó cojo y zambo al segarle media pierna por el método de la bomba lapa. Otra cosa es que la andanada no responda a la necedad sino al canguelo derechón provocado por la postulación exógena y oficiosa de Madina como futuro inmediato del PSOE. Lo que pasa es que para remedar la táctica que Arrigo Sacchi elevó a cotas artísticas en el Milan ("Defender es atacar el ataque del contrario") no hace falta lanzarse al tobillo rival, sino todo lo contrario: esgrimir y hacer valer las habilidades propias; salvo que se carezca de ellas, claro. En cualquier caso, el energúmeno que está dejando al vetusto diario monárquico a la altura de una hoja parroquial debería saber que con exabruptos y argumentos caducados ("Conozco bien el tamaño de mi partido, la grandeza del PSOE y me conozco a mí mismo y conozco mi tamaño. Sé que mi volumen no puede dirigir el volumen del primer partido de este país", confesó Madina hace quince meses) no va a aniquilar a alguien que los terroristas intentaron matar hace once años y sin embargo hicieron más fuerte.
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21.4.13
Bombas dialécticas
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19.4.13
Armas (domésticas) de destrucción masiva
Ahora ya sabemos lo que cuesta hacer saltar por los aires la nunca bien ponderada Marca España, al menos en los Estados Unidos de América: unos 140 dólares. Para causar tal estropicio basta con aliñar un surtido de baratijas metálicas, ahogarlo en una olla a presión y calentarlo a fuego vivo; entonces, solo queda esperar hasta que el bum dé el chivatazo de que el contundente puchero de metralla está en su punto. Con esta sencilla receta, preparada en una de las cincuenta mil marmitas que Fagor cuela cada año a los yanquis, algún desalmado perpetró una escabechina en Boston el pasado lunes, resucitando la paranoia colectiva de un país que vive en psicosis permanente y arañando, de refilón, los intereses comerciales de nuestro patriótico Gobierno; y, gracias a esa voladura incontrolada, hemos descubierto, de paso, que las armas de destrucción masiva que amenazan la estabilidad occidental no se encuentran solo en el Oriente más o menos próximo, como nos contó el embustero trío de las Azores, sino en cualquier rincón del mundo —esta vez, en un taller industrial vasco—. Ha bastado una vulgar pieza de menaje para acongojar a los Filípides del siglo XXI, que regresaban desde la legendaria Maratón hasta la oficiosa capital de Nueva Inglaterra para cantar una victoria que se tornó en tragedia. Lo que los atletas hallaron al alcanzar la meta fue un apocalipsis hemoglobínico, una aterradora casquería humana provocada por dos petardazos que han metido de nuevo el miedo en el cuerpo al país más aprensivo del planeta; algo a lo que han contribuido los envenenados sobres destinados al presidente Obama y al Senado y la devastadora explosión de una planta de fertilizantes texana, cuyo saldo mortal aún no está cerrado. Ahora, en Norteamérica ya saben que las ollas españolas las carga el diablo; y que el terror no tiene sexo, ni raza, ni credo.
1.4.13
Refugio de sinvergüenzas
Quienes se solazan (día sí, día no) en esta península histérica saben de sobras que para mí, como para el diabólico Ambrose Bierce, el patriotismo no es más que esa "basura combustible siempre a punto para que le aplique una antorcha cualquiera que abrigue la ambición de iluminar su propio nombre". De modo que a ninguno de esos improbables reincidentes le costará demasiado comprender por qué me dejan más bien frío jornadas como la de ayer, en la que los hijos de los nietos de los bisnietos de Sabino Arana celebraron, por separado como jainkoa manda, el Aberri Eguna. Esta vez, el oficialista PNV prendió su antorcha en Bilbao, demandando "un nuevo estatus político para Euskadi", mientras la alternativa izquierda abertzale iluminaba su nombre en Pamplona reclamando por la vía directa un "Estado vasco". Y, como quiera que "la magia del nacionalismo es la conversión del azar en destino" —según profetizó Benedict Anderson en sus Comunidades imaginadas—, la marea Independentistak convirtió el día de la patria vasca en el funeral oficioso del último mártir caído por la causa terrorista, Xabier López Peña: trincado cinco años atrás por los gendarmes bordeleses y abandonado a su suerte desde entonces por la banda que comandó efímeramente, 'Thierry' había estirado la pata unas horas antes en un hospital parisino, a consecuencia de un derrame cerebral; pero la ocasión la pintan calva y los voceros de ETA corrieron a denunciar el "asesinato" de uno de sus ilustres "presos políticos" un domingo en el que, en lugar de Jesús, resucitó la amenaza terrorista. Los gudaris desempolvan los bártulos de matar y yo me defiendo, de nuevo, esgrimiendo al infalible Bierce: "En el famoso diccionario del doctor Johnson, el patriotismo se define como el último refugio del sinvergüenza. Con el debido respeto que merece un lexicógrafo tan ilustre, aunque menor, me atrevería a afirmar que es el primero".
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