El azote del kirchnerismo, Jorge Lanata, despidió el pasado domingo su popular Periodismo Para Todos de la tele argentina con uno de sus implacables discursos: "La corrupción es como el aire acondicionado. Vos lo escuchás cuando lo ponen. Pero después te acostumbrás al ruido y lo dejás de escuchar. Con el afano es igual, primero te asombra y después te va asombrando cada vez menos y menos y menos y ya todo te parece normal". Quien así se expresa es uno de los escasos periodistas de raza que aún sobreviven al otro lado del corrompido charco, y su exordio adelanta un nuevo sopapo en la jeta de los chorros oficialistas de una nación que los amamanta por centenares. Leo Messi es paisano de Lanata aunque, por los últimos chismes escuchados en el mentidero, está más en la onda de las cuadrillas de manilargos a las que el orondo comunicador pone la cara colorada semana tras semana. Lo ventajoso para el pelotero culé es que echó los dientes en el argentado paraíso de la sisa pero pegó el estirón en la ibérica cuna de la picaresca, un hecho al que, a la vista de los resultados, le ha sacado un sustancioso provecho. Las lenguas de vecindona escupen que el futbolista del Barça le ha birlado a la hacienda española un puñado de millones, y ese parece mérito suficiente para erigirse, por derecho propio, en uno de esos "hipócritas" —denunciados en la prensa por Luis García Montero— que "afirman en público la virtud para esconder en privado sus vicios"; uno de los villanos que los futboleros convierten en héroes con la misma facilidad que la justicia troca en villanos a héroes como el perseguido soplón Hervé Falciani, un desertor del HSBC que maneja un arsenal documental capaz de aniquilar buena parte del fraude fiscal planetario; un polvorín que, por desgracia, no explotará nunca.
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14.6.13
Vicios y virtudes
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13.5.13
La moda europea
El hawaiano Robert Kiyosaki, uno de esos charlatanes posmodernos que se han hecho mundialmente famosos publicando perogrulladas, lo tiene escrito en alguna parte: "A veces se gana y otras se aprende"; y al Real Madrid ayer le tocó aprender. El entrenador que finalmente le arrebató la Euroliga de baloncesto, Georgios Bartzokas, había advertido en la víspera: "Nos mediremos al número uno de la historia del baloncesto"; y esa falsa modestia tenía toda la pinta de una lección magistral que su adversario debería memorizar para no volver a caer en la trampa. El mejor conjunto europeo del momento (Olympiacos), que amontona en su zurrón tres finales y dos títulos cosechados en los últimos cuatro años, se enfrentaba al más laureado del continente, que exhibe orgulloso (pero ridículamente nostálgico) ocho copas de Europa en sus vitrinas, aunque esos datos previos no dibujaban más que un espejismo: de la última final continental que ganaron los blancos hace ya dieciocho años; y de la penúltima, treinta y tres: demasiado tiempo, tratándose de asuntos deportivos. Y este cuento, sumado al que concluyó trágicamente hace diez días sobre los céspedes del Bernabéu y del Camp Nou, arroja una ingrata moraleja: lo que se lleva esta temporada en el viejo continente es darle para el pelo a los clubes españoles: tanto da que hablemos de fútbol, donde la madrastra de Europa (Alemania) nos barrió de la antesala de la gloria, como que nos ocupemos del baloncesto, donde ha sido la cenicienta de la Unión (Grecia) la que nos ha birlado el final feliz. Así las cosas, el lector sabrá perdonarme que aquí no quede hueco para la épica germana ni para la mitología helena: la epopeya por nuestras glorias deportivas tendrá que esperar hasta mejor ocasión. Pero ya me jode no poder cantar ningún alivio para este deprimido país. Ya me jode.
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3.5.13
Aquí no hay quien viva
"El fútbol es —según asentó Vázquez Montalbán— la religión diseñada en el siglo XX más extendida del planeta"; y en pleno siglo XXI sigue siendo, mal que le pese a los marxistas más rancios, el verdadero opio del pueblo, cuyo principal efecto secundario, la hornbyana fiebre en las gradas, se ha impuesto como la única pandemia incurable de la actualidad. Conviene administrar estas certidumbres, de entrada, pues solo tras su dosificada ingesta se puede digerir una jornada como la de ayer, en la que la batalla entre los apocalípticos y los integrados de las huestes balompédicas estuvo más reñida que nunca. La sensacionalista prensa recreativa continuó comportándose como si no existiera el mañana y se entregó rendida a los encantos del maximalismo: la tunda germana en las semis de la championslíg ha dejado al aire las vergüenzas del fútbol español y ahora toca rasgarse las vestiduras para llorar el fin de ciclo de nuestras glorias deportivas, el Barça y el Madrid. Pero ni el (auto)engañoso uso preventivo del miedo escénico y los minuti molto longo ni el ventajista abuso posterior del apotegma linekeriano ("El fútbol es ese deporte en el que juegan once contra once y al final ganan los alemanes") marcan goles. El balompié patrio vive desde hace años en una burbuja ruinosamente gestionada —deudas milmillonarias y sueldos disparatados— que está a punto de estallar y que se llevará consigo nuestros aires de grandeza; pero, mientras miramos para otro lado, la eficacia probada europea —el lema del Bayern es "Mia san mia": nosotros somos nosotros; sin aditivos ni colorantes— nos las da todas en el mismo lado. Cuando pase la lacerante resaca de la derrota, caeremos en la cuenta de que no tenemos cantera ni pasta para fichajes, y entonces el país se echará a la calle de una puñetera vez: porque sin comer podemos ir tirando, pero sin furbo aquí no hay quien viva.
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19.4.13
Armas (domésticas) de destrucción masiva
Ahora ya sabemos lo que cuesta hacer saltar por los aires la nunca bien ponderada Marca España, al menos en los Estados Unidos de América: unos 140 dólares. Para causar tal estropicio basta con aliñar un surtido de baratijas metálicas, ahogarlo en una olla a presión y calentarlo a fuego vivo; entonces, solo queda esperar hasta que el bum dé el chivatazo de que el contundente puchero de metralla está en su punto. Con esta sencilla receta, preparada en una de las cincuenta mil marmitas que Fagor cuela cada año a los yanquis, algún desalmado perpetró una escabechina en Boston el pasado lunes, resucitando la paranoia colectiva de un país que vive en psicosis permanente y arañando, de refilón, los intereses comerciales de nuestro patriótico Gobierno; y, gracias a esa voladura incontrolada, hemos descubierto, de paso, que las armas de destrucción masiva que amenazan la estabilidad occidental no se encuentran solo en el Oriente más o menos próximo, como nos contó el embustero trío de las Azores, sino en cualquier rincón del mundo —esta vez, en un taller industrial vasco—. Ha bastado una vulgar pieza de menaje para acongojar a los Filípides del siglo XXI, que regresaban desde la legendaria Maratón hasta la oficiosa capital de Nueva Inglaterra para cantar una victoria que se tornó en tragedia. Lo que los atletas hallaron al alcanzar la meta fue un apocalipsis hemoglobínico, una aterradora casquería humana provocada por dos petardazos que han metido de nuevo el miedo en el cuerpo al país más aprensivo del planeta; algo a lo que han contribuido los envenenados sobres destinados al presidente Obama y al Senado y la devastadora explosión de una planta de fertilizantes texana, cuyo saldo mortal aún no está cerrado. Ahora, en Norteamérica ya saben que las ollas españolas las carga el diablo; y que el terror no tiene sexo, ni raza, ni credo.
29.1.13
Em...Palma...do y con un palmo
Las cosas de palacio van despacio… y en el de la Zarzuela, aún más; pero todo tiene su fin. Cuando más imperdonable nos parecía la eterna desidia de la Familia Real ante los mangoneos de su único (y repudiado) yerno en activo, el Rey ha mandado a la papelera de reciclaje su currículo. El dios padre de la monarquía española ha expulsado (casi) definitivamente del paraíso virtual de la Casa Real —su web— al último de los hijos políticos que le queda, quien tras este destierro cibernético irá derechito al infierno de la orfandad institucional. Ojos que no ven —se rumorea que masculló su majestad (de ustedes) mientras ejecutaba el irreversible borrado—, familia que va tirando. Mas parece harto ridícula la estrategia de mirar para otro lado emprendida hace meses, y refrendada ahora, por un círculo tan estrechamente ligado a los deslices delincuenciales del infante consorte; tanto más ridícula cuanto que ese simbólico —aunque estéril— gesto no se perpetra en función de los desmanes crematísticos del antiguo yernísimo sino tras la revelación de que el chistoso duque de Palma gustaba de autodenominarse como licencioso "duque em…Palma…do". Una vez más, la (des)vergüenza se impone a la honradez en esta península histérica en donde la justicia —siquiera poética— sigue brillando por su ausencia. Al desprecio público por el ínclito exjugador de balonmano se sumó el domingo nuestro postulante a rey: Urdangarín —sin la "Urdangarana"— contempló en primera fila el histórico bicampeonato mundial logrado por sus colegas ante Dinamarca, y allí mismo fue donde su cuñado Felipe dejó con un palmo de narices al empalmado duque, al que no se atrevió a saludar pese a tenerlo a tiro de piedra —con perdón—. Las formas intentan disimular el fondo de la cuestión, pero la justicia y la historia aguardan expectantes. Si yo fuera el príncipe, ya estaría buscándome un currelo.
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