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7.5.13

El nuevo (viejo) socialismo

Porque "vivir es ver volver" —como decía Azorín— resulta menos sorpresiva la fulgurante resurrección del socialismo rubalcabiano: en política todo vuelve; y lo hace sobrado de motivos si aún no se había ido del todo. Rubalcaba, que lleva meses haciendo oídos sordos a los cenizos demoscópicos, interiorizó de pequeño el adagio de papá Gramsci que advierte que "una verdadera crisis histórica ocurre cuando hay algo que está muriendo pero no termina de morir y al mismo tiempo hay algo que está naciendo pero tampoco termina de nacer"; pero el pertinaz segundón tiene para sí que la verdadera crisis es la que está carcomiendo al absolutismo pepero y no la que los sans-culottes del puño y la rosa avivan desde la rue Ferraz. Así que, haciendo buena la apócrifa cantinela donjuanesca ("Los muertos que vos matáis gozan de muy buena salud"), el PSOE lanzó el pasado fin de semana un órdago a sus enterradores poniendo sobre la mesa del presente un conjunto de propuestas para reactivar la economía y combatir el desempleo: un refrito que mezcla a Roosevelt con la Merkel y a Obama con el FMI pero que abre una vía de esperanza a una ciudadanía con la "confianza lastimada" (Juan Gelman dixit); seis estratégicos aldabonazos económicos para poner en práctica aquello que sugería Ignacio Ramonet en una reciente entrevista: "Hay que volver al sentido común, a un keynesianismo razonable: tanto Estado como sea necesario y tanto mercado como sea indispensable". Total, que lo que proponen Rubalcaba y su claque, casi sin pretenderlo, es volver a los orígenes del socialismo: redistribuir la riqueza —aunque esta vez sea prestada— por medio del Estado; o sea, lo que apuntó Jabois a su manera: "El PSOE no necesita ideas nuevas sino viejas, que son las de sus intelectuales que se le han ido bajando del caballo por rabia, frustración o aburrimiento".

19.4.13

Armas (domésticas) de destrucción masiva

Ahora ya sabemos lo que cuesta hacer saltar por los aires la nunca bien ponderada Marca España, al menos en los Estados Unidos de América: unos 140 dólares. Para causar tal estropicio basta con aliñar un surtido de baratijas metálicas, ahogarlo en una olla a presión y calentarlo a fuego vivo; entonces, solo queda esperar hasta que el bum dé el chivatazo de que el contundente puchero de metralla está en su punto. Con esta sencilla receta, preparada en una de las cincuenta mil marmitas que Fagor cuela cada año a los yanquis, algún desalmado perpetró una escabechina en Boston el pasado lunes, resucitando la paranoia colectiva de un país que vive en psicosis permanente y arañando, de refilón, los intereses comerciales de nuestro patriótico Gobierno; y, gracias a esa voladura incontrolada, hemos descubierto, de paso, que las armas de destrucción masiva que amenazan la estabilidad occidental no se encuentran solo en el Oriente más o menos próximo, como nos contó el embustero trío de las Azores, sino en cualquier rincón del mundo —esta vez, en un taller industrial vasco—. Ha bastado una vulgar pieza de menaje para acongojar a los Filípides del siglo XXI, que regresaban desde la legendaria Maratón hasta la oficiosa capital de Nueva Inglaterra para cantar una victoria que se tornó en tragedia. Lo que los atletas hallaron al alcanzar la meta fue un apocalipsis hemoglobínico, una aterradora casquería humana provocada por dos petardazos que han metido de nuevo el miedo en el cuerpo al país más aprensivo del planeta; algo a lo que han contribuido los envenenados sobres destinados al presidente Obama y al Senado y la devastadora explosión de una planta de fertilizantes texana, cuyo saldo mortal aún no está cerrado. Ahora, en Norteamérica ya saben que las ollas españolas las carga el diablo; y que el terror no tiene sexo, ni raza, ni credo.

12.11.12

La revolución desde arriba

Maldita la gracia que me hizo escuchar el otro día por boca del reelegido Obama el anuncio de que "lo mejor está por llegar". Aún hoy me cuesta aceptar como esperanzador mensaje lo que más bien parece un cínico engañabobos. Lo que está por llegar, según advierten con machacona insistencia las supranacionales instituciones que nos desgobiernan y nuestros raídos bolsillos, es lo peor. De momento, lo mejor tendrá que esperar, tanto en aquel lado del charco, en el que se arrojaban al vacío los banqueros tras el crack del 29, como en este, donde son los desahuciados quienes hoy dicen adiós a sus desgracias desde la ventana. Aquí, los gurús de la Cultura de la Transición nos hicieron creer que todos los españoles tenemos "derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada": porque así reza en el artículo 47 de nuestra sacrosanta Constitución y porque el versículo luce como estrambote que "los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho". En verdad, quienes promovieron la cultura de la casa en propiedad fueron los manirrotos bancos de cuando entonces, que con la crisis se han transformado en indecentes cobradores del frac que nos afanan las llaves y la cartera con cargo a los presupuestos generales de un Estado que hasta ayer miraba para otro lado. Pero hoy se barruntan cambios, porque los muertos empiezan a oler y, en vísperas de su segunda huelga general, hasta Rajoy es consciente, como Renan, de que "el sufrimiento en común une más que la felicidad en común". La digestión del miedo se le está haciendo pesada a un presidente al que no va quedando más remedio que seguir el consejo de su antepasado político Antonio Maura: "Hay que hacer la revolución desde arriba para evitar que la hagan desde abajo".