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1.5.13

La puta insistencia

Una vieja amiga cántabra solía contarme un chascarrillo norteño que añadía vitriolo a la fina estampa que retrata la lógica del poder en este desventurado país: "Ya no sabemos si el Banco es de Santander o Santander es del banco". Se refería, claro, al vampírico tinglado montado hace varias generaciones por esos ahorradores pasiegos de rancio abolengo a los que un maldito apellido condenó desde la cuna: los Botín. Y otro tanto podría afirmarse hoy acerca de los partidos políticos, los medios de comunicación o los clubes de fútbol, pues a todos los tienen trincados los malandrines por los colgajos. De ahí que la totalidad de las causas judiciales abiertas contra los miembros del clan de la corbata roja —evasión fiscal, indemnizaciones desorbitadas, etc.— hayan sido archivadas a cambio de millonaria calderilla —si se me permite el oxímoron—; y de ahí que estos días la paniaguada prensa patria, que ha venido silenciando discretamente todas y cada una de las tropelías santanderinas, despida con honores de brillante gestor a quien la justicia sentenció como ímprobo y probado delincuente, Alfredo Sáenz, que se retira de la vicepresidencia de la casa madre con una pensión de ochenta y ocho millones de euros que sumar a lo expoliado a sus clientes a lo largo de toda una vida dedicado a la usura. Una pensión que, por su desafío al decoro en tiempos de miseria, quedará como el mayor agravio comparativo de un gremio al que los tiesos de España hemos ayudado ya con casi doscientos mil millones públicos (que no tenemos) desde que su avaricia y sus artimañas nos abocaran a una crisis que aún le parece ajena; un gremio que, por su cansina reincidencia, impele a las profesionales del sexo a reiterar su ya legendaria defensa: "Las putas insistimos: los banqueros no son nuestros hijos".

6.12.12

El crac

Escucho estos días a Nacho Vegas con celo: por obligaciones profesionales pero disfrutando cada estrofa y cada melodía de un (im)pagable lujo a mi alcance. Disfrutando, he escrito más arriba; y asustándome, añado aquí. Hará poco más de un año, el cantautor asturiano ponía al día la canción protesta con una de sus habituales letanías: el demoledor artefacto llevaba por título Cómo hacer crac y, en sus poco menos de cinco minutos, hermanaba de manera insuperable la más cruda realidad con la más deseable de las ucronías. Asustándome, he escrito más arriba, y ahora se entenderá el porqué: "Te informan de que han desarticulado / a la cúpula de la CEOE". Lo escucho, y lo vuelvo a escuchar, y digo para mis adentros que la voz que escapa de mis JBL pertenece, además de al juglar más hondamente lírico y filosófico de nuestra península histérica, a un jodido profeta, a un posmoderno jinete del apocalipsis. En esto me entretengo cuando Vegas canta: "Y una niña susurra a tu oído / que han desahuciado a la familia Botín". Y me digo que no, que no puede ser, que nunca sucederá tal cosa; pero, en medio de tanta pesadilla, el sueño no me lo quita nadie. Lo que pasa es que la letanía avanza, y la ucronía se confunde cada vez más (y mejor) con la historia real: "Y en la calle se hace un gran silencio, / pero si escuchas bien oirás un crac. / En toda España solo suena un crac. / En occidente solo se oye un crac”. Un estribillo heterodoxo que ya no abandonará la dolorosa onomatopeya hasta el final. Le doy, una vez más, al play; me detengo (y me recreo) en una ambigua certidumbre: "Solo habrá un nuevo principio / una vez consumado el fin". Y el susto se queda conmigo.