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9.10.12

El rescate interior

"Los políticos se han creído que el dinero era suyo", denuncia sin amilanarse el presidenciable gallego Mario Conde. Y no, el dinero no era de los políticos. El dinero fue, es y será de los banqueros, que lo acumulan a espuertas por las buenas o por las malas, como bien sabe quien fuera el yuppie por antonomasia de la España del pelotazo; quien aún siente el aliento de la justicia en el cogote por culpa de aquel robo milmillonario cuando era, según decían, el ejemplo a seguir. Los años en la cárcel reforzaron la ilimitada ambición y la tornasolada identidad política de este ladrón de guante blanco que fue centrista y estuvo a punto de ser socialista antes de transmutarse en derechón de toda la vida, hasta que la coyuntura le ha permitido independizarse, pero poco, de los hijos de Dios, la patria y el rey. Ahora que, como escribe Alvite, "el hambre ha dejado de ser un capricho para convertirse en un castigo", Conde y otros oportunistas carroñeros de la política nacional sobrevuelan nuestra cadavérica democracia con la malsana intención de pegarle un penúltimo bocado que calme sus insatisfechas ansias de poder. La volandera formación la completan, por el flanco opuesto, el cívico Anguita y el abierto Llamazares, que conspiran en público para hacer visible su (in)fidelidad a la izquierda (des)unida. Desde sus respectivas atalayas oyeron rescate y se ofrecieron voluntarios. Incluso hay quien asegura que ha visto asomar por los amenazadores cielos castellanos las plumas (y los picos) de Aznar, Espe, Felipe y Bono como rapaces postulantes a rescatadores interiores. En casa aguardamos entre atemorizados y expectantes: estamos dispuestos a desembarazarnos de nuestro congénito abstencionismo y participar, por vez primera, en la fiesta de la democracia. Si los buitres acechan, acudiremos a las urnas… a votar a Rajoy.

5.10.12

El silencio de los corderos

Asegura el trascendentalista Thoreau en su correspondencia que "lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida". Rajoy, que se ve que no ha leído al ínclito desobediente civil, expresa poco con su vida y menos con sus palabras, que las más de las veces se le enredan sobre sí mismas hasta dar forma a una especie de trabalenguas en el que el orden de los factores sí altera el producto. Algo de eso le sucedió el otro día en medio de una rueda de prensa, cuando hizo malabarismos lingüísticos para volver a decir, ante los periodistas, una cosa y su contraria. Será la falta de costumbre o el pertinaz desapego que el presidente siente por la transparencia comunicativa, el caso es que vino a concluir: "…es muy posible, o que no sea así, lo cual… pues a lo mejor también es posible o no, qué más da". Lo de menos, aquí, es lo que se traía entre manos —el rescate—; lo que importa es el reincidente desprecio de Rajoy por la ciudadanía, destinataria final de sus mensajes. Pero, ¿cómo pedir aprecio por sus gobernados a un preboste trotamundos que va a pasar casi un mes y medio sin someterse a una sesión de control en el Parlamento para poder fumarse un puro en cada puerto, como el Marx (Groucho) de la película? Llamazares ha sintetizado el asunto con tremendismo: "La mayoría absoluta del PP se ha convertido en puro absolutismo". Y el diputado Centella lo ha visto con ojos cinematográficos: "El Gobierno quiere pasar del desprecio al Parlamento que mantiene a lo largo de lo que llevamos de legislatura a algo parecido al silencio de los corderos". El (anti)lorquiano "pastor bobo" ni se inmuta, claro: mira para otro lado para no reparar en su famélico rebaño.