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27.5.13

Memorias worst seller

Los plumíferos más esquinados defienden que el flamante aznarazo no anunciaba el regreso del expresidente a la batalla política sino que franqueaba la vuelta de sus (des)memorias a las mesas de novedades ahora que la primavera levanta la veda sobre las ferias y fiestas literarias, pues a nadie se le escapa la feliz causalidad de que el sello de sus confesiones y el altavoz de sus amagos sean hermanos de leche mediática, o sea, hijos de papá Planeta. Tesis que cobra carta de naturaleza atendiendo a las cifras de venta del artilugio, convertido en ruinoso worst seller para una editorial reincidente en el desatino merced a las ensoñaciones de José Bono: entre las medias verdades del uno y las mentiras completas del otro no han despachado ni siquiera cien mil ejemplares, aunque el adelanto conjunto para sendos escribanos rondó los dos euromillones. Pero en casa Lara no pierden la esperanza de amortizar su desaforado mecenazgo político y, mientras ultiman los detalles del novelero recordatorio de Zapatero, ya mercadean con el tercer tomo autobiográfico de Alfonso Guerra, donde se desvela por qué no llegó a cumplirse —o sí, según se mire— el adagio socialista que rezaba: "Después de Felipe, Guerra, / y después de Guerra, nadie". Porque, por mucho que posturee ahora nuestro parlamentario más veterano ("Yo no le negaré jamás la amistad a Felipe"), lo cierto es que su entente cordiale terminó como el rosario de la aurora, según cantó el romancero Campany cuando entonces: "Por las filas felipistas / circula ya la sentencia. / Voces de muerte sonaron / del Guadalquivir al Deva. / Todas las voces decían: / 'Camaradas, guerra al Guerra. / Quedemos nosotros limpios / y sobre él caiga la mierda". Lo que pasa es que el memorialismo posmoderno es hijo bastardo de la ciencia ficción; y así no hay quien se aclare.

10.12.12

Cerrado por contra-reformas

Pasó el puente de la Constitución y, por vez primera desde que tengo uso de razón política, no se celebró la efeméride con jornada de puertas abiertas en el Congreso. Las semanas previas al cumpleaños de nuestra Carta Magna, los seguratas del Estado habían impedido a porrazos rodear el centro de trabajo de los diputados nacionales pero el día de su aniversario se afanaron en lo contrario: animaban a los viandantes a rodear el palacio, ligeritos. Algún humorista gráfico llegó a dibujar en su perímetro —afilando pincel e ingenio— un cartel que rezaba "Cerrado por contra-reformas", pero lo cierto es que el maltratado hemiciclo no quiso esta vez enseñar sus vergüenzas cotidianas a la ciudadanía; eso, y que tampoco puede echar mano ahora de un campechano anfitrión como Trillo o Bono, que mostraban los lujos congresuales a los españolitos como pagados de su bolsillo y hasta explicaban la democracia como invento propio. A falta de procesión civil, los papeles se han entregado este año a una enconada lucha entre reformistas y conservadores que ya va cansando: comidilla para hoy y hojarasca para mañana, los artículos que demandan una revisión constitucional deberían reclamar, primero, una reforma de los constitucionalistas; mas ni lo uno ni lo otro se darán bajo mandato popular. Ahora que la Constitución va quedando huérfana de padres, son sus madres las que reclaman un lugar en la historia, pero la solución no pasa por ahí: si seguimos mirando al pasado, seremos siempre unos atrasados. España debe ser el único país del mundo en el que, cuanto más antigua es una Constitución, más moderno resulta su articulado: se cumple ahora el bicentenario de 'La Pepa' gaditana y uno envidia los privilegios de nuestros antepasados; doscientos años después, la involución sufrida amenaza con desterrar el concepto de progreso de nuestro léxico.

2.11.12

Nos miran mal

Manda la tradición que cada año, por estas fechas, España llore a sus muertos, pero esta temporada, para variar, España ha decidido llorarse a sí misma: por ahorrar esfuerzos. Es este el puente en que los zombis, o sea, los muertos resucitados, se van de marcha, y en esta ocasión se ha sumado a la (maldita) fiesta una nueva especie: el muerto en vida; ese que los gerifaltes del PP niegan pero que abarrota las calles, que son lo único que le va quedando. Para amenizar el velorio, The Wall Street Journal ha atizado una nueva hostia internacional en el pétreo rostro del Gobierno español, que suele encajar los golpes con victimismo repentino pero sin propósito de enmienda. La biblia capitalista se recrea en "el pesimismo" patrio y tilda de "desaborido y sumiso" al estilo político de Rajoy, cuya táctica ante el (más que probable) rescate dice ser "la de todo adolescente: si no estás seguro de obtener un 'sí', entonces es mejor no preguntar". El WSJ explica la "disfunción" española echando mano del "enchufismo" y del "privilegio clientelar", al que define como nuestro "propio propagandista"; y se escandaliza de "que todos los partidos estén poblados de mediocres a todos los niveles", citando a Bono, Wert y Pepiño Blanco como modelos. Subrayaba Raúl del Pozo hace algunas semanas, al hilo de la actualidad, que "están en contra de nosotros los sarracenos, los hugonotes y los mormones" y anotaba con amargada sorna que "los españoles vuelven a decrecer después de que su estatura media se hubiera aproximado a la de los europeos". Nos miran mal, pero estamos peor; tanto, que hoy hago mío este doloroso colofón que se marcó el otro día mi ilustre coetáneo Antonio Lucas: "A mí me avergonzaría hacerle malgastar a la gente su vida mientras me votan las mentiras".

25.10.12

No hay bien que por mal no venga


De todas las anécdotas elevadas a categoría que servirían para introducir la tesis defendida en este artículo, me quedo con la (pen)última de la que he tenido noticia. La recuerda el editor Manuel Fernández-Cuesta en eldiario.es: el 6 de diciembre de 1978, a la salida del colegio electoral en el que acaba de votar, el secretario general del PSOE, Felipe González, es preguntado por la vigencia de la Constitución que se terminaría refrendando esa misma jornada; su respuesta es de alucine: "Espero que decenios y decenios, y si es posible, de un siglo a dos". Era este un gesto sobrado -como tantos- que, sin embargo, desvelaba las intenciones de quien pilotaría la nave española en el primer tramo de la recientemente recuperada democracia. Porque hoy, treinta y cuatro años después de aquella antológica largada 'felípica', sabemos que González estaba echando mano de la retórica para adelantar, sintetizado, el futuro inmediato que aguardaba al país: la sinécdoque que ampliaba el radio de acción de la flamante Carta Magna hasta convertirla en lo que más tarde se dio en llamar la Cultura de la Transición (CT), entendida esta, según Amador Fernández-Savater, como el conjunto de "maneras de ver, de hacer y de pensar que ha sido hegemónica en España durante los últimos treinta años".

Lo que Felipe anunciaba era una época cerrada en sí misma, aunque vendida y aplaudida como aperturista, que se perpetuaría durante tres décadas y media -hasta hoy- gracias al subvencionado establecimiento de una tupida red de servidumbres y clientelismos. Pero la CT -acuñada para los restos por Guillem Martínez en un librito bueno, bonito y barato- está dando sus últimas boqueadas y ha llegado el momento de plantearse una muerte digna para con ella, siquiera sea por los servicios prestados: es hora de darle a probar de su propia medicina, o sea, administrarle una eutanasia activa que la remate definitivamente.

En 2012, El País ya no es el que era y este "trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín", tampoco: el lector sabrá perdonarme el facilón juego de palabras, donde se debe entender El País como agonizante "intelectual colectivo-empresarial de la España posfranquista", según el traje dialéctico que le cortó a medida el profesor Aranguren tras su primer y exitoso lustro, y los versos de Machado como insuperable y eterna metáfora de un territorio condenado a no entenderse. Tampoco el mundo es el que era; y no, aquí no me refiero al particular microcosmos 'pedrojotiano' -que también agoniza-, sino al planeta que habitamos y a la sociedad de la que formamos parte, que malvive en estado de permanente efervescencia presentando todos los síntomas de las épocas revolucionarias: a un lado hay un monstruo moribundo pero al que aún queda resuello para seguir castigando a los más débiles; y al otro, se vislumbra una criatura todavía nonata que promete salvarnos de la tiranía del poder concentrado, pero cuyo parto se está eternizando.

En el ámbito doméstico, esta titánica lucha está castigando ferozmente a la figura que alumbró, amamantó, crío, y (mal)educó a la Cultura de la Transición: un Partido Socialista Obrero Español que hace décadas que dejó de ser "obrero", porque se amoldó muy pronto a la cultura del pelotazo y a la vida disoluta de la guapa gente; cuyo andamiaje "socialista" se vino abajo hace demasiados años, pues ha sido y es capaz de gobernar junto a cualquiera de las ideologías presentes en el arco parlamentario y apoyar, en comandita, propuestas de distinta ralea; y cuyo carácter "español" se viene desdibujando -Bono dixit- desde antiguo, ya que ha aceptado arrimarse a nacionalistas de izquierda y de derecha, más y menos radicales, con tal de aferrarse a un poder que le vuelve la espalda de forma cada vez más descarada. El único término que aún parece pertinente en su nomenclatura es "partido": por lo que tiene de participio del verbo partir más que como "conjunto de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa".

Y en estas estamos, inmersos en una coyuntura en la que los medios vomitan sin solución de continuidad reflexiones acerca de cuál debe ser la estrategia a seguir por la formación que ha vertebrado la política nacional de las tres últimas décadas y, recreándose en la suerte, sobre quién debe ser el estratega que se sitúe al frente de ella. Los últimos batacazos electorales del PSOE están permitiendo desmesuradas collejas como la que Félix de Azúa atiza a Rubalcaba con guante de seda: "Es un hombre eficaz en tareas subterráneas, ocultas, comisariales, pero carece del menor atractivo político y no se le conoce una sola idea". Aunque parece harto dudoso que aportaciones como esta contribuyan a deshacer el entuerto.

Sea como fuere, ni el debate en torno a la figura del que haya de convertirse en futuro líder socialista ni el bizantino cacareo de las propuestas ideológicas que deban conformar el ideario inminente del partido, deberían preocupar en exceso. Sí debería ocuparnos, en cambio, lo que de ambos pueda derivarse: el PSOE detenta en la actualidad un poder menguado cuya escasa influencia amenaza con convertirse en residual; por lo tanto, el papel que puedan desempeñar sus próximos mandamases a la hora de asimilar las demandas de una sociedad desahuciada y su posterior defensa desde las instituciones, debería interesar y hasta importar.

El bipartidismo está a punto de irse al garete y los socialistas, para merecer nuevamente tal epíteto, deberían aproximarse a lo que algún día fueron, la voz del pueblo, sin recurrir, como les advierten desde su propio bando, a la "vieja trampa lampedusiana de querer cambiarlo todo para que todo siga igual". "Ha llegado el momento", demandan las (auto)denominadas Líneas Rojas, "de cambiarlo todo para que nada (o casi nada) siga igual".

Así que el PSOE tiene que aprender a desenvolverse en una coyuntura electoral inédita: el irrefrenable ascenso de la abstención, del voto nulo y del voto en blanco se ha erigido en el paradigma democrático de la desafección generalizada hacia la política, pero sobre todo hacia los políticos. Debe tomar buena nota el Partido Socialista de aquello que la sociología concluye sobre el actual estado de la cuestión: "Los más críticos son la gente de mayor estatus social y económico, de mayor educación, varones, no demasiado mayores, de grandes ciudades y… bastante de izquierdas o ajenos a la clasificación ideológica habitual"; una audiencia, por consiguiente, difícil de manejar/manipular, exigente, hastiada del statu quo y anhelante de una sociedad que pueda ser calificada, con rotundidad, como moderna. Hoy sabemos que las ideologías no han tocado a su fin, contrariamente a lo que aseguró hace medio siglo Daniel Bell, pero no ignoramos que en el siglo XXI las ideas progresistas están esparcidas irregularmente por varios credos. Aquel que sea capaz de unificar la fe de sus distintos correligionarios multiplicará sus posibilidades de éxito en el futuro, y entonces volveremos a creer que no hay bien que por mal no venga; porque la derecha amenaza con mantenerse firme, sostenida por una masa preocupantemente acrítica, por los siglos de los siglos.

9.10.12

El rescate interior

"Los políticos se han creído que el dinero era suyo", denuncia sin amilanarse el presidenciable gallego Mario Conde. Y no, el dinero no era de los políticos. El dinero fue, es y será de los banqueros, que lo acumulan a espuertas por las buenas o por las malas, como bien sabe quien fuera el yuppie por antonomasia de la España del pelotazo; quien aún siente el aliento de la justicia en el cogote por culpa de aquel robo milmillonario cuando era, según decían, el ejemplo a seguir. Los años en la cárcel reforzaron la ilimitada ambición y la tornasolada identidad política de este ladrón de guante blanco que fue centrista y estuvo a punto de ser socialista antes de transmutarse en derechón de toda la vida, hasta que la coyuntura le ha permitido independizarse, pero poco, de los hijos de Dios, la patria y el rey. Ahora que, como escribe Alvite, "el hambre ha dejado de ser un capricho para convertirse en un castigo", Conde y otros oportunistas carroñeros de la política nacional sobrevuelan nuestra cadavérica democracia con la malsana intención de pegarle un penúltimo bocado que calme sus insatisfechas ansias de poder. La volandera formación la completan, por el flanco opuesto, el cívico Anguita y el abierto Llamazares, que conspiran en público para hacer visible su (in)fidelidad a la izquierda (des)unida. Desde sus respectivas atalayas oyeron rescate y se ofrecieron voluntarios. Incluso hay quien asegura que ha visto asomar por los amenazadores cielos castellanos las plumas (y los picos) de Aznar, Espe, Felipe y Bono como rapaces postulantes a rescatadores interiores. En casa aguardamos entre atemorizados y expectantes: estamos dispuestos a desembarazarnos de nuestro congénito abstencionismo y participar, por vez primera, en la fiesta de la democracia. Si los buitres acechan, acudiremos a las urnas… a votar a Rajoy.

7.10.12

Lo malo de Bono

Fue el 8 de abril del 92 cuando José Bono cayó en la cuenta de que "andan días iguales persiguiéndose". Desde entonces, por no ser menos, él también se dedicó a perseguir días. Neruda le abrió los ojos y Ramón Rubial le dio el empujoncito definitivo: el entonces presidente del PSOE le animó "a dejar constancia escrita" de su desencuentro con Guerra, que había respondido a la solicitud de amistad del manchego con su habitual cinismo: "No te puedo impedir que me tengas afecto". Bono, resentido, se borró del guerrismo e inició una serie de anotaciones que llegaron a alcanzar 17.000 folios y que formarán, si nada lo remedia, una trilogía de la que ahora se publica el primer volumen, Les voy a contar. Se aclara en la contratapa del pedantón artefacto que lo que encierra "son los diarios —no las memorias— de un político nada frecuente". Se agradece la advertencia, claro, pues por las vetas entresacadas y aliñadas convenientemente por la prensa amarillenta, uno adivina que eso de memoria tiene poco. Más bien parece un premeditado ejercicio de desmemoria; como si un Alzheimer selectivo se hubiera apoderado de su protagonista, que, faltaría más, luce más listo, más alto y más guapo, ahora que ha recuperado parte del cabello perdido, que cualquiera de sus compañeros de viaje. Bono habla mal, o regular, de todo quisque, incluidos algunos de los que fueron sus amigos, y con cada envenenada semblanza ajena va trazando su paupérrimo autorretrato. Lo malo de Bono es que padece casi todos los vicios de la decadente clase política española y no atesora casi ninguna de sus virtudes. Su libro de memorias, con perdón, debería llamarse "La vuelta a un ombligo en ochocientas páginas", según el acertado aforismo del gran Pepe de la Colina, que se queda corto en la vuelta aunque le sobren páginas.