En los últimos días va quedando meridianamente claro que el pueblo soberano se ha tomado la definición de 'voto' que ofrece Perroantonio en su Diccionario para entender a los humanos al pie de la letra. Bien asimilada, esa "transferencia de la propia responsabilidad a otros a cambio de insultos" viene a representar la (verdadera) esencia de la democracia —quid pro quo, que diría un latino arcaico emperifollando el gráfico ojo por ojo del talión—; y es por ello que, cada vez que mea fuera del tiesto, a nuestro indigesto ministro de Educación, Cultura y Deporte le llueve una nutrida antología del tocho milenario que amenaza con echar abajo mis desvencijados anaqueles: El gran libro de los insultos, indispensable vocabulario arrojadizo recopilado por el profesor Pancracio Celdrán. Hasta donde alcanzan mis radares, he detectado que, en unos pocos días, al petulante Wert le han pitado los oídos en canchas deportivas, regios teatros y (j)aulas académicas: un pleno de invectivas y denuestos que abochornaría a cualquier españolito de a pie pero que al morlaco elegido por los mayorales genoveses para crecerse en el castigo le resbala. A estas alturas de la faena, el felón que viró de la Izquierda Democrática a la derecha mesocrática en busca de mamandurrias ha pasado de ser un paria a convertirse en un apestado dentro de su propio partido, donde ya no le quedan palmeros. El valido peor valorado de nuestra inmadura democracia se ha propuesto imponer una abusiva meritocracia educativa que amenaza con dejar sin estudios a medio país por falta de becas, olvidando que, según su elitista baremo, ni Aznar hubiera llegado a presidente ni él a ministro sin educancia. Resulta paradójico que un pilarista de currículo ejemplar haya involucionado para terminar como un administrador muy deficiente, pero lo más duro es que, si nada lo remedia, tendremos que soportarlo hasta la próxima reválida.
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26.6.13
Sin educancia
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24.6.13
Antes y después
El segundo Conde de Rochester, que fue registrado civilmente como John Wilmot, fue un incorregible libertino británico del siglo diecisiete que la diñó a la edad de Cristo, dejando como legado una importante obra poética, regada de sátira y hedonismo, y media docena de churumbeles a cargo de su acaudalada parienta. Y fueron ambas circunstancias las que le posibilitaron pasar a la posteridad sintetizando la quintaesencia de su cinismo vital: "Antes de casarme —dicen que dijo poco antes de morir entregado a los excesos— tenía seis teorías sobre cómo educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría". Salvando las distancias, pues el acontecimiento más epicúreo que se le recuerda a Rajoy fue chuparse un habano mientras contemplaba in situ una ascensión ciclista a l'Alpe d'Huez, se trata del mismo mal que aqueja a nuestro apocado mandamás: antes de alcanzar la presidencia del Gobierno, el rey plasmado aseguró barajar infinitas soluciones para un solo problema, la crisis, pero año y medio más tarde vaga sumido en el (des)gobierno, asediado por infinidad de problemas para los que no encuentra siquiera una mísera solución. Moraleja: los apriorismos sirven de poco en la vida privada, y de nada en la pública. Visto lo visto, los partidos políticos (populares y populistas) deberían someterse al dictamen de las urnas sin programa electoral y, solo después de haberse encaramado al poder, formalizar sus propuestas. Así, la reiterada inoperancia gubernamental sería idéntica, pero al menos nos ahorraríamos la frustración que sucede a cada fraude programático. Votaríamos —quienes todavía se atrevan a hacerlo, claro—, igual que hasta ahora: en función de afinidades electivas, del sentimiento de pertenencia a un grupo o cegados por cuestiones tan accesorias como el sexo, la edad, la raza, el credo o el aspecto físico de los postulantes. Pero sería un proceso más limpio, que solo podría verse adulterado mediante cirugía estética. O sea.
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15.5.13
El principio del fin del 'acostumbramiento'
La rebelión de las masas (auto)etiquetada como 15-M comenzó a tomar forma cuando los avaros apóstoles del capitalismo arrancaron a predicar la desaparición del estado del bienestar y los inquisidores civiles hicieron suyo el retrógrado evangelio austericida, aunando esfuerzos para aniquilar los derechos adquiridos por la ciudadanía durante décadas, o sea, cuando la indignación posmoderna resucitó el frustrado lamento de nuestro particular príncipe destronado, Segismundo: "Pues aunque el dar la acción es / más noble y más singular, / es mayor bajeza el dar / para quitarlo después". La insaciable voracidad de los (putos) amos del cotarro arrebató al pueblo lo que era suyo y, con ese incorregible gesto, despertó al "compuesto de hombre y fiera" que, desde que Calderón alumbrara La vida es sueño, sabemos que somos. El maltrecho gentío tomó entonces las calles —que eran lo único que le iba quedando— y, entre hiperbólicas descalificaciones ("Hatajo de mastuerzos" llamó Fernando Savater a los indignados correligionarios de su hijo Amador) y ditirambos a tutiplén, consiguió asentar los cimientos de un renovado sistema cuyo andamiaje aún está por definir dos años más tarde. Como advirtió Baudrillard, ya no hay ideologías, sino solo simulacros, y consecuentemente los sondeos retratan un país que no deja lugar a la duda: más de la mitad del electorado se resiste a seguir bailando el agua a los partidos tradicionales y, menos aún, a sus pervertidos cabecillas. Existe una evidente resistencia a lo que Juan Gelman ha definido como "acostumbramiento" y ya va siendo hora de transformar ese cabreo ciudadano "en todas direcciones" (por decirlo en términos lucasianos), compuesto de angustia, asco y desengaño, en algo sólido que meternos para el cuerpo. Porque sabemos por William Blake que debemos crear un sistema o ser esclavos del de otro hombre; y no veo yo demasiada vocación esclava a mi alrededor.
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23.4.13
Desvergüenza popular
En el arranque de 'What can I do', un añejo single del polifacético rapero Ice Cube, se oye el lamento de una fatalista voz en off: "En cualquier país, la cárcel es el lugar al que la sociedad envía a sus fracasos. Pero en este país es la sociedad misma la que está fracasando"; una queja que bien podría servirnos, aquí y ahora, para ejemplificar la vergonzante realidad de esta hipercrítica España del presente. Porque un Estado que tolera que sus saqueadores públicos sigan haciendo vida normal, ha de encontrarse forzosamente parasitado por una sociedad fracasada que no puede —pero tampoco quiere— poner fin a sus desgracias colectivas. Llevamos décadas dejando nuestro castigo sin venganza, cual trágicos personajes de Lope, y esa falta de cultura democrática nos está pasando una carísima factura. Ayer mismo supimos que, gracias a nuestros donativos, el Partido Popular amamantó cuando era cachorro a su dóberman asturiano con (sobre)soldadas, cuyos montos he recalculado en pesetas para que el encabronamiento sea mayor: cuando el salario mínimo interprofesional de los jornaleros ibéricos rondaba unas míseras sesenta mil cucas —hará cosa de veinte años—, el feroz Álvarez-Cascos nos chupaba cada mes algo más de dos millones, a tocateja y ensobrados. Sumo y sigo: los papeles airean que la costumbre del complemento en concepto de gastos de representación estaba muy extendida en esa época, y que los principales (sobre)cogedores eran el inefable Aznar y su camarilla (pre)gubernamental, que aún hoy sigue aferrada a varias carteras ministeriales. Vuelvo a sumar, y sigo: se filtran los (escasos) datos disponibles de las empresas tapadera con las que el PP lavó más blanco que sus adversarios durante años. Dejo de sumar. Mientras tanto, los impunes (presuntos) implicados dan diarias lecciones de moral ante las que parece obligado acordarse de Cleóbulo, el sabio moderado: "Ojalá yo viviera en un Estado donde los ciudadanos temieran menos las leyes que la vergüenza". Pero aquí, ni eso.
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11.4.13
Ciencia con conciencia
Alguien ha recordado, a propósito de la muerte de José Luis Sampedro, una atinada certidumbre rabelaisiana que bien podría hacer las veces de epitafio: "La ciencia sin conciencia no es sino la ruina del alma"; porque se ha retirado a descansar eternamente un hombre, algo que no sucede todos los días aunque las necrológicas parezcan certificar lo contrario; un hombre que "había envejecido con absoluta lucidez y ajeno a la dichosa vanidad, prudente y humilde, como si temiese que le echasen en cara su longevidad en este mundo banal y trepidante en el que son muchos los que razonan sin haber pensado y eructan sin haber comido", como ha subrayado con razón Alvite; un hombre que huyó de los fanatismos porque de joven guerreó desde los dos bandos y con ello quedó vacunado para los restos; un hombre que enseñó economía a varios contables mayores (ministros, analistas, profesores) y legiones de domésticos tesoreros (el pueblo); un hombre cuya sonriente narrativa se convirtió en lectura obligatoria de una época en la que la educación pública aún sabía lo que se hacía; un hombre que se subió a tiempo al carro de la indignación generalizada para azuzar las conciencias socialadormecidas; un hombre, en fin, que dejó una síntesis de nuestro zeitgeist para enmarcar: "¿Democracia? Es verdad que el pueblo vota y eso sirve para etiquetar el sistema, falsamente, como democrático, pero la mayoría acude a las urnas o se abstiene sin la previa información objetiva y la consiguiente reflexión crítica, propia de todo verdadero ciudadano movido por el interés común. Esos votos condicionados por la presión mediática y las campañas electorales, sirven al poder dominante para dar la impresión de que se somete al veredicto de la voluntad popular expresada libremente en las urnas. En ocasiones, como se ha visto, sirven incluso para avalar la corrupción. Se confunde a la gente ofreciéndole libertad de expresión al tiempo que se le escamotea la libertad de pensamiento".
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24.3.13
El cuento de nunca acabar
Lo recuerda Fernando Savater cada vez que se le presenta la ocasión: "La diferencia entre dictadura y democracia es que en la democracia es político todo el mundo"; pero a una casta tradicionalmente intolerante como la diestra le cuesta horrores asumirlo. Los gerifaltes populares parecen soliviantados estos días porque tienen a la ciudadanía knockin' on PP's door para devolverles sus esperpénticas estampas reflejadas en los deformados espejos de la nefanda realidad; y se ve que la imagen no es de su agrado. Por la calle anda suelto el escrache, esa marrullería lunfarda y arrabalera que los argentinos se sacaron de la manga para ponerle la cara colorada a sus cóndores domésticos, aquellos que se divirtieron jugando al escondite con indefensos seres humanos durante la abominable dictadura militar. Aquí y ahora, los afectados por la hipoteca han adoptado como propia esa democrática táctica de rebeldía plantándole cara a quienes diariamente se chotean en la nuestra; y, como era previsible, la casta acorralada se ha defendido destapando su caja de los miedos: el Gobierno ha advertido muy seriamente que el escrache no es un derecho, pero enfrente tiene a un pueblo sin expectativas que lo último que aceptaría en esta tesitura sería que le recortaran también el derecho al pataleo. Equivocadamente, se están teniendo más en cuenta los tumultos y desórdenes ocurridos que los buenos ejemplos que producen —algo que ya denunciaba Maquiavelo cinco siglos atrás en uno de sus discursos—, y así no hay avance posible. Pero esta vez los opresores deberían andarse con ojo: la resiliencia nacional está al límite y una hipotética fractura social podría provocar una reacción tremendista. "Vamos a la violencia, de cabeza", advierte un articulista poco dado a las soflamas apocalípticas; aunque nada sería más dañino para España que una nueva reedición del cuento de nunca acabar.
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28.2.13
La furia española
Benjamín Prado ha exhumado en los periódicos el mito de la fraternal enterradora (Antígona) como paradigma de la desobediencia civil, un fenómeno que parece haber resucitado de entre los muertos para malvivir a nuestra vera. Los noticiarios denuncian que los españoles son los europeos que más se manifiestan y para certificarlo basta echar una ojeada al género más fresco, que da fe de la rabiosa actualidad navegando como buenamente puede entre una multitud de multitudinarias mareas humanas que recorre estos días nuestras calles en busca del porvenir. Se pregunta (y nos pregunta) Antonio Lucas en un doloroso lamento poético "hasta cuándo aguantar la abultada humillación impuesta y esa terca voluntad de que no seamos, de que no existamos, de que no levantemos la voz ni la cabeza", y puede que la respuesta comenzara a forjarse hace un par de temporadas, cuando la indignación fue elevada a categoría de acontecimiento universal. Lo jodido es que el invento aún no ha terminado de fraguar y que el padre de la criatura, Stéphane Hessel, ya no podrá ver culminado su proyecto. Así que la respuesta, "my friend" Lucas, "is blowin' in the wind"; pero la ciudadanía se ha echado al monte para darle caza y no tardará mucho en cobrarse tan preciada pieza. El finado Hessel despertó las conciencias "socialadormecidas" merced a un indignado panfleto que prendió esta rebeldía nacional que ahora ha alcanzado su punto de ebullición. Cuando la cosa comenzaba a ponerse chunga por estos pagos, dijo el humanista galo: "Deseo que halléis un motivo de indignación. Porque cuando algo nos indigna, nuestra fuerza es irresistible". Pasado el tiempo, nos sobran los motivos —como a Sabina— y ya me estoy imaginando a la envalentonada marea rescatando el olímpico grito de Belauste que dio pábulo a la furia española: "¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!".
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26.2.13
Gobernando en diferido
Empiezo a pensar que la inmarcesible coplilla de Campoamor se ha mantenido en boga de siglo en siglo únicamente para servir de parapeto a los bocones del PP: según dejó escrito el poeta asturiano para los restos, "en este mundo traidor / nada es verdad ni es mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira"; una incontrovertible certidumbre que parece haberse convertido en el undécimo mandamiento para la feligresía pepera, cuyos bustos parlantes se afanan cada día en redecorar la realidad de su genovesa casa añadiendo una nueva entrada a su particular diccionario de neolengua. Anotaba el pasado fin de semana el cervantino Jiménez Lozano que, en plena "florescencia de ignorancia y de banalidad", no caben los discursos alternativos, pues "la verdad no existe, todo es opinión" y, lo más grave, "nada es nada sino lo que decidimos que sea". Tomándole la palabra al sabio castellano, la repulsiva Cospedal volvió a violar ayer, de una tacada, los hechos probados, el derecho laboral y la académica lengua española: para explicar el (pen)último desaguisado de los suyos, farfulló la generalísima secretaria que lo que se pactó con el innombrable Bárcenas fue una "indemnización en diferido", a lo que añadió algo así como que el acuerdo era "en forma de simulación de lo que antes era una retribución"; y, dicho lo dicho, siguió trabucándose graciosamente durante un minuto que debió parecerle un siglo. En lo que va camino de convertirse en una ridícula tradición, la Cospedal volvió a sufrir las feroces consecuencias del papelón generalizado que se ha visto obligado a desempeñar el Partido Popular desde que a su incompetente gestión se ha sumado el conocimiento de su indecente comportamiento. Pero en el teatrillo democrático no hace falta reinventar la lengua para llamar a las cosas por su nombre; solo se precisa un Gobierno directo, no diferido.
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19.1.13
Hay que matar a B
Produce arcadas enfrentarse hoy a aquel orgulloso comunicado oficial, fechado el 28 de julio de 2009, en el que los peperos babeaban de admiración ante quien fue su tesorero durante casi dos décadas: "El Partido Popular quiere manifestar su reconocimiento a los más de 28 años de servicios de Luis Bárcenas a nuestro partido que han sido ejemplo de profesionalidad y buen hacer". Cuando las inspecciones gürtelianas amenazaban con dejar al aire sus vergüenzas contables, el prestidigitador de los dineros genoveses renunció al tejemaneje pero no a sus réditos: para entonces ya tenía agenciados 22 millones en Suiza —solo la punta de su iceberg patrimonial, según confesión propia— y se había desposado con su secretaria particular. En sus diecinueve años como manirroto administrador hizo gala de una ilimitada generosidad, repartiendo mensualmente sobres a diestro, y solo a diestro, entre los gerifaltes de la cúpula popular: sobresueldos que oscilaban entre los cinco y los quince mil euros, según fuera el grado corruptivo del "sobrecogedor" (Nacho Escolar). Hasta ayer sospechábamos —es un decir— que la financiación de los partidos era (algo más que) irregular; hoy, tras el mayor fraude conocido en democracia, sabemos que es directamente ilegal. Por eso, la ciudadanía se ha plantado en la puerta de la rebautizada CorruPPlandia para decir basta, enarbolando pancartas que corrigen los desesperanzados gritos cotidianos por otro cargado de amarga resignación: "Sí había pan para tanto chorizo" —adoptando la leyenda de una histórica viñeta de Manel Fontdevila—. Desvelado el robo del siglo, ahora sabemos que Hay que matar a B, como en la pelí de Borau; pero no la 'B' de Bárcenas, un simple repartidor de infectos dividendos; la 'B' a extinguir es la contabilidad paralela generalizada a la que van a parar nuestros dineros, la que permite que los estafadores públicos de turno, (mal)llamados políticos, nos sigan robando por encima de nuestras posibilidades.
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9.1.13
La patrulla X
"Política es ventriloquía", eso lo sabe cualquiera, pero cuesta encajar la hostia que (nos) atiza César Losada desde La industria del placer ampliando dicha tesis. "Manos que mueven muñecos, bocas que se sincronizan con discursos pronunciados por voces ajenas, ficción colectiva". Le sobra razón a este "nuevo inquilino" del pensamiento posmoderno, pero sus argumentos nos sientan como una patada en los mismísimos. Según Losada, los políticos "no pueden ser desenmascarados, pues su esencia misma es la de máscara de un cuerpo sin sustancia […]: detrás del atrezzo se esconden otros agentes de poder, fundamentalmente el capital". Primero, una de cal. "Pero… ¿quién es el capital? ¿Son acaso los grupos industriales o financieros? El capital somos nosotros, el único ser propio de esa nada que es el dinero". Y luego, otra de arena. "Produce vértigo reconocer la culpa de que los males políticos son resultado de nuestras acciones". Así que las diatribas lanzadas hasta hoy se vuelven en nuestra contra, como un bumerán: "Toda la vida investigando la conspiración secreta, buscando a la mano negra, el poder en la sombra, la mano que mece la cuna… y detrás de la última puerta, solo una presencia: desde el principio, el ventrílocuo eras tú". Y el dolor es doble, pues cuesta asimilar que uno sea el malo de la película y, además, tenga las trazas de José Luis Moreno. Pero es lo que hay. Y al show se suma, desde ayer, el Partido X, que se presenta sin máscara, pero también sin rostro —sin ideología—, con el objetivo de "resetear el sistema" y "recuperar la democracia". Esta patrulla X doméstica y huidiza no pide voto ni confianza, pero llega con vocación mayoritaria para desalojar del Parlamento a los mandamases actuales. Y el ventrílocuo que habita en mí no ve el momento de meterle (la) mano.
1.1.13
Mayoría absoluta
Si los actuales gerifaltes de la patria se agenciaran como asesores a individuos leídos y capaces, y no a ese indocumentado rebaño que carece de graduado escolar, sabrían que hace ya casi tres siglos que Stendhal advirtió a sus predecesores en una novela inconclusa (Lucien Leuwen): "Hay necesidad de muchos soldados para contener a los obreros y a los republicanos". Si Rajoy estuviera rodeado de consejeros lúcidos, jamás se hubiera atrevido a mentar la "mayoría silenciosa". Y si nuestra monarquía parlamentaria quisiera disimular su absolutismo, su majestad (de ustedes) debería desechar su inviolabilidad y encarar las consecuencias de sus deslices haciendo honor al artículo 14 de la Constitución: "Los españoles son iguales ante la ley". Pero en España, un país violentamente enfrentado con el progreso desde antiguo, los mandamases pasan por el tiempo sin que el tiempo pase por ellos. Por eso los maltratados obreros y los hastiados republicanos han dicho basta y, más allá de la bandera con la que cada cual se guarde del frío ideológico, lo innegable es que la ciudadanía posmoderna se ha vuelto irreversiblemente contestataria; la crisis como coartada y la herencia recibida como parapeto no han servido a nuestros gobernantes para evitar la protesta unánime en la calle. Por primera vez en nuestra historia reciente, maestros, alumnos y padres, galenos y pacientes, currantes públicos y privados, sufridores sin "discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social", se han puesto de acuerdo para plantar cara al abuso político; para recordar, como hacía recientemente Antonio Estella, que "el sentido original de la palabra democracia significa 'el gobierno del pueblo', no el gobierno por el pueblo, y ni siquiera el gobierno para el pueblo"; para evidenciar que los abstencionistas y los desencantados somos, a día de hoy, mayoría absoluta… y no precisamente silenciosa.
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26.12.12
Bla, bla, bla real
Ya avisó el proverbial Machado cuando el apocalipsis doméstico del 36: "Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios". No añadió al rey como celador patrio porque España atravesaba entonces un oasis republicano que, por desgracia, la dictadura redujo a espejismo. Sin embargo, hoy nos toca sufrir a un monarca (auto)erigido en garante de un puñado de valores con los que su majestad (de ustedes) no comulga, pero que cada Nochebuena hace tragar a sus súbditos cual ruedas de molino. Baudelaire dejó escrito que "Dios es el único ser que, para gobernar, no necesita existir", y ahora sabemos que el Rey de España es el único gobernante que, para existir, no necesita ejercer. Le basta con mostrar una vez al año por televisión su decadencia —física y moral— para justificar ante su feligresía la paga vitalicia que le tenemos asignada; entre tanto, se le van los otros trescientos sesenta y cuatro días en hacer gala de su inviolabilidad, ese alto concepto que yo entiendo como el derecho a dar por culo sin ser dado; porque en eso consiste el despreocupado ejercicio de la monarquía, una rancia forma de gobierno que se adelantó varias centurias al inefable Monti en su deseo de detentar el poder sin someterse a la elección popular. Con todo, en este annus horribilis para su irreal familia, (don) Juan Carlos nos ha vuelto a tocar los borbones con su navideño bla, bla, bla discursivo, que ha largado recostado de media cacharela sobre su escritorio, con más mala cara que una peseta oxidada. Esta vez ha pedido "respeto mutuo" y "lealtad recíproca", lo cual me deja mucho más que tranquilo, pues así se emparejan nuestras fuerzas: mi lealtad y mi respeto hacia lo que él representa son idénticos a los que siente él por lo que yo soy. No sé si me explico.
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9.10.12
El rescate interior
"Los políticos se han creído que el dinero era suyo", denuncia sin amilanarse el presidenciable gallego Mario Conde. Y no, el dinero no era de los políticos. El dinero fue, es y será de los banqueros, que lo acumulan a espuertas por las buenas o por las malas, como bien sabe quien fuera el yuppie por antonomasia de la España del pelotazo; quien aún siente el aliento de la justicia en el cogote por culpa de aquel robo milmillonario cuando era, según decían, el ejemplo a seguir. Los años en la cárcel reforzaron la ilimitada ambición y la tornasolada identidad política de este ladrón de guante blanco que fue centrista y estuvo a punto de ser socialista antes de transmutarse en derechón de toda la vida, hasta que la coyuntura le ha permitido independizarse, pero poco, de los hijos de Dios, la patria y el rey. Ahora que, como escribe Alvite, "el hambre ha dejado de ser un capricho para convertirse en un castigo", Conde y otros oportunistas carroñeros de la política nacional sobrevuelan nuestra cadavérica democracia con la malsana intención de pegarle un penúltimo bocado que calme sus insatisfechas ansias de poder. La volandera formación la completan, por el flanco opuesto, el cívico Anguita y el abierto Llamazares, que conspiran en público para hacer visible su (in)fidelidad a la izquierda (des)unida. Desde sus respectivas atalayas oyeron rescate y se ofrecieron voluntarios. Incluso hay quien asegura que ha visto asomar por los amenazadores cielos castellanos las plumas (y los picos) de Aznar, Espe, Felipe y Bono como rapaces postulantes a rescatadores interiores. En casa aguardamos entre atemorizados y expectantes: estamos dispuestos a desembarazarnos de nuestro congénito abstencionismo y participar, por vez primera, en la fiesta de la democracia. Si los buitres acechan, acudiremos a las urnas… a votar a Rajoy.
5.10.12
El silencio de los corderos
Asegura el trascendentalista Thoreau en su correspondencia que "lo que puede expresarse con palabras puede expresarse con nuestra vida". Rajoy, que se ve que no ha leído al ínclito desobediente civil, expresa poco con su vida y menos con sus palabras, que las más de las veces se le enredan sobre sí mismas hasta dar forma a una especie de trabalenguas en el que el orden de los factores sí altera el producto. Algo de eso le sucedió el otro día en medio de una rueda de prensa, cuando hizo malabarismos lingüísticos para volver a decir, ante los periodistas, una cosa y su contraria. Será la falta de costumbre o el pertinaz desapego que el presidente siente por la transparencia comunicativa, el caso es que vino a concluir: "…es muy posible, o que no sea así, lo cual… pues a lo mejor también es posible o no, qué más da". Lo de menos, aquí, es lo que se traía entre manos —el rescate—; lo que importa es el reincidente desprecio de Rajoy por la ciudadanía, destinataria final de sus mensajes. Pero, ¿cómo pedir aprecio por sus gobernados a un preboste trotamundos que va a pasar casi un mes y medio sin someterse a una sesión de control en el Parlamento para poder fumarse un puro en cada puerto, como el Marx (Groucho) de la película? Llamazares ha sintetizado el asunto con tremendismo: "La mayoría absoluta del PP se ha convertido en puro absolutismo". Y el diputado Centella lo ha visto con ojos cinematográficos: "El Gobierno quiere pasar del desprecio al Parlamento que mantiene a lo largo de lo que llevamos de legislatura a algo parecido al silencio de los corderos". El (anti)lorquiano "pastor bobo" ni se inmuta, claro: mira para otro lado para no reparar en su famélico rebaño.
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3.10.12
Política por la filosa
Desde que la vimos aparecerse como la encarnación terrenal de la Dolorosa en el Corpus Christi toledano, arropada como Dios manda —luto riguroso, peineta enhiesta, mantilla cobijadora—, en casa supimos que la Cospedal venía para hacerse cargo de los sufridos hijos del Señor, para aliviar sus cuitas. Mas observando, observando, reparamos en los lujosos zarcillos que colgaban de sus orejas y las reventonas perlas que rodeaban su gaznate. Pasó la imagen, pero quedó el contradictorio aroma. Luego supimos que, solo en el bienio anterior a coronarse como gerifalte autonómica, se había embolsado medio millón de euros merced a sus tres generosos pagadores: el Senado, su partido y el Estado; o sea, nosotros. La virginal imagen retornó entonces, poderosa, para quedarse definitivamente. Y a nuestra vera ha permanecido largando sandeces y perogrulladas —"la política es el arte de hacer lo posible con lo que no se tiene" [sic]— hasta hoy, cuando ha asestado un golpe definitivo a su gremio, la política, y a nuestro sistema democrático: los diputados manchegos visitarán el parlamento autonómico solo para distraerse de sus quehaceres cotidianos y por la filosa. Un poner: un electricista se ganará el pan a jornada partida, se acicalará y acudirá con prisas —vive en Albacete— a su asamblea regional —que está en Toledo— porque ese día hay championslíg: en ratos libres como este manejará millones de euros y decidirá el porvenir de sus paisanos. Otro poner: la política volverá a concentrarse en hidalgos hermanados con la guita; los tiesos habrán de buscarse un oficio, o corromperse definitivamente, ahora que el decoro se está perdiendo hasta para robar. Olvida la Cospedal, claro, la disyuntiva weberiana: "O se vive para la política o se vive de la política". Y eso pocos lo pueden atestiguar mejor que ella y sus millonarios asesores y altos directivos.
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