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24.6.13

Antes y después

El segundo Conde de Rochester, que fue registrado civilmente como John Wilmot, fue un incorregible libertino británico del siglo diecisiete que la diñó a la edad de Cristo, dejando como legado una importante obra poética, regada de sátira y hedonismo, y media docena de churumbeles a cargo de su acaudalada parienta. Y fueron ambas circunstancias las que le posibilitaron pasar a la posteridad sintetizando la quintaesencia de su cinismo vital: "Antes de casarme —dicen que dijo poco antes de morir entregado a los excesos— tenía seis teorías sobre cómo educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría". Salvando las distancias, pues el acontecimiento más epicúreo que se le recuerda a Rajoy fue chuparse un habano mientras contemplaba in situ una ascensión ciclista a l'Alpe d'Huez, se trata del mismo mal que aqueja a nuestro apocado mandamás: antes de alcanzar la presidencia del Gobierno, el rey plasmado aseguró barajar infinitas soluciones para un solo problema, la crisis, pero año y medio más tarde vaga sumido en el (des)gobierno, asediado por infinidad de problemas para los que no encuentra siquiera una mísera solución. Moraleja: los apriorismos sirven de poco en la vida privada, y de nada en la pública. Visto lo visto, los partidos políticos (populares y populistas) deberían someterse al dictamen de las urnas sin programa electoral y, solo después de haberse encaramado al poder, formalizar sus propuestas. Así, la reiterada inoperancia gubernamental sería idéntica, pero al menos nos ahorraríamos la frustración que sucede a cada fraude programático. Votaríamos —quienes todavía se atrevan a hacerlo, claro—, igual que hasta ahora: en función de afinidades electivas, del sentimiento de pertenencia a un grupo o cegados por cuestiones tan accesorias como el sexo, la edad, la raza, el credo o el aspecto físico de los postulantes. Pero sería un proceso más limpio, que solo podría verse adulterado mediante cirugía estética. O sea.

8.2.13

Mercado de invierno

La crudeza de la resaca del último barómetro del CIS nos ha sobrevenido como el amargo despertar tras una curda de absenta, una vez evaporadas las líricas alucinaciones. Los porcentajes que arroja el sociológico artefacto son tan (desgraciadamente) crueles con nuestros representantes públicos que dan lástima. Sostiene Rodrigo Fresán que "los políticos españoles son hoy seres en desanimación suspendida. Inverosímiles, leyendas tontas, mentirosos y pinochos que se la pasan tocándote las narices y machacándote el cerebro. Como zombis lentos y descerebrados que dicen siempre lo mismo para ver si se lo creen y se los cree". El enciclopédico escritor argentino retrata a nuestros mandamases bajo el prisma de una desesperanzada visión (super)pop: "Pero no. Son increíbles. Estos y aquellos y esos de más allá también, no hay opciones: todo apesta, todos apestan, y parecen haber alcanzado, triunfalmente, su derrotada fecha de vencimiento". Algo que parece irrebatible, porque el (nonato pero necesario) partido abstencionista ganaría una vez más las elecciones, según la intención directa de voto, superando a las fuerzas vivas, que van derechitas al abismo de la insuficiencia. Aunque lo más desolador del boletín de notas del CIS viene referido con nombres y apellidos: el opositor Rubalcaba suspende con un 3,4 (sobre 10) en la contundente valoración del respetable, algo que aún le basta para erigirse como el más listo de una clase de alumnos poco aplicados formada por el Gobierno en pleno. La pandilla de ministros populares, con el repelente Rajoy al frente, se mueve entre calificaciones muy deficientes, lo que ha forzado a la prensa (pretendidamente) seria a echar mano de la retórica rumorología deportiva: en el mercado de invierno aparecen como transferibles Mato y Montoro —por su (presunto) pasteleo con la corrupción—, aunque los tuercebotas Wert, Báñez y De Guindos también están en el disparadero. Yo despediría antes al entrenador. Y cambiaría las reglas del juego.

28.11.12

Progreso y regreso

La prensa española se vulgariza cada vez que toca escudriñar resultados electorales, por más que aparente seguir a pies juntillas la altanera sugerencia de la condesa viuda de Grantham en Downton Abbey: "No seas derrotista, querida: es muy de clase media". Aquí, las (debilitadas) fuerzas del orden mediático presentan a todo quisque como derrotado, salvo a las formaciones que no pintan nada, vendidas como paradigma del éxito aunque no les vote más que la retahíla que firma en las coronas de difuntos: amigos, hijos, hermanos y demás familia. El resto es una cuadrilla de perdedores, dicen: los unos, por no alcanzar lo esperado; los otros, porque superarse no cura su esterilidad; pero tanto a unos como a otros les prestan sus interesados hombros para que enjuguen públicamente sus lágrimas. Sea como fuere, esta vez lo sustancial es que Cataluña se ha situado en un punto equidistante entre el progreso y lo que prefería Josep Pla, el regreso: el parlamento ha sufrido un buen meneo que deja todo como estaba, pues los frentes soberanismo-constitucionalismo y derecha-esquerra repiten guarismos y seguirán abiertos. En la lucha por la independencia, Mas ha perdido una batalla (personal) pero no la guerra: la marabunta que salió a la calle en la Diada ha refrendado su voluntad de estrechar y multiplicar las franjas rojigualdas de la bandera española para convertirla en estelada, sin esconder su malestar por los brutales recortes de su Gobierno autonómico. Lo que no queda tan claro es que esa masa esté dispuesta a ser una nación si el mesiánico president se empeña en dirigirla como definió Renan: "Un grupo de gente unida por una visión equivocada del pasado y por el odio a sus vecinos". Me da a mí que Cataluña es —y de momento seguirá siendo— otra cosa.

6.11.12

Ciudadano Sabina

Sir Winston Churchill, mandamás de la Pérfida Albión omnipresente durante medio siglo, popularizó una frase que, según las malas lenguas, birló al escritor Charles Dudley Warner: "La política hace extraños compañeros de cama". Que se lo digan a Sabina, que frecuentó toda suerte de lechos en sus años mozos y que, en lo tocante a la política, parece seguir idéntica estrategia: envolverse en sábanas hospitalarias sea cual sea su pelaje. Insigne abanderado de los "rojos de Visa oro" que enferman a la derechona mediática, el cantautor jiennense siempre pidió el voto para Izquierda Unida o el PSOE, según lo demandara la coyuntura o el compadreo gremial, pero en la apocalíptica campaña electoral catalana, el nuevo bardo con trazas de anacoreta que se parece "a Sabina, ese que canta", se arrima a la nadería que representa Ciutadans, una demagógica y aséptica propuesta que ocupa en la tierra de 'Els segadors' la misma parcelita que en el resto del Estado invaden Rosa Díez y su inocua UPyD. Lo hace cediendo para la ocasión los ripios que emborronó hace un lustro en Interviú como 'Anteproyectos de letra para el himno nacional' [español] y, de paso, clavándosela como quien no quiere la cosa a estos españolistas de nuevo cuño: una pandilla que lo mismo cobija a lumbreras pagadas de sí mismas como Javier Nart que a ejemplares de la hondura intelectual del 'Yoyas' y que, para luchar contra aquel que Ambrose Bierce definió, avant la lettre, como "alguien a quien los intereses de una parte le parecen más importantes que los del todo", aparca cualquier sentido del ridículo. Frente al Mas patriota, los Ciudadanos patrioteros cantan todos unidos: "Ciudadanos, / tan fieramente humanos, / tan paisanos del / hermano de Babel. / Alta montaña / con puerto de mar, / clave de sol España. / Atrévete a soñar".

31.10.12

Els agrada la pela

El entrañable Billy Wilder comparaba a su genial colega, Ernst Lubitsch, con otros directores cinematográficos, tirando de números: el que tiene miedo siempre dice dos más dos son cuatro, o uno más tres son cuatro, o uno más uno más uno más uno son cuatro, mientras que Lubitsch solo dice dos y dos, y espera que el público lo sume para saberlo también. Traduciendo matemáticas a lenguaje, lo que Wilder venía a decir es que Lubitsch se limitaba a sugerir y confiaba en que la inteligencia del espectador hiciera el resto. Por alguna extraña razón, no consigo quitarme este añejo comentario de la cabeza en los últimos días. Será, a lo peor, porque los mandamases del PP pertenecen a la raza de los que tienen (mucho) miedo y nos toman por tontos; porque de otra forma no se entendería la chiripitiflaútica precampaña electoral que están perpetrando en Cataluña, en la que un par de videos han convertido a un puñado de líderes peperos en el hazmerreír político del momento: "Ens agrada Catalunya", se titula el invento, y en él se recurre a peregrinos argumentos para demostrar un impostado amor por la tierra de los infieles; olvidan las huestes genovesas que los infantes sin españolizar a los que parecen dirigirse no votan en las próximas elecciones catalanas. A la única a la que le traiciona el subconsciente es a la sincera alcaldesa de Sanxenxo: "Por lo que nos regaláis… nos gusta Cataluña". Haber empezado por ahí: ¿para qué defender un programa político contra la desastrosa gestión de CiU en esta abortada legislatura cuando lo único que importa es la pela? Miedo. Tienen miedo; el mismo que sus marciales hermanos de la vomitiva Fundación Francisco Franco, que proponen decretar el "estado de guerra", destituir al "presidente-delincuente" de la Generalitat y enviar al Ejército "para apaciguar Barcelona".

23.10.12

Todos pierden

Carlos Floriano (PP) subrayó que fue "un gran día para la participación". Óscar López (PSOE), lo contrario: "La baja participación es un hecho muy preocupante". Lo impepinable es que la abstención se dispara (250.000 votantes menos que en 2009) y representa ya a un tercio largo de la población, lo que supone que nadie gana por sus favores: todos pierden. El PP recupera tres escaños en Galicia (aunque pierde 135.000 votos) pero se deja otros tres en País Vasco, donde retrocede a resultados de hace veinte años. La mayoría absoluta de Núñez Feijóo sale barata: se apoya en menos de la mitad de los votantes y solo un tercio del electorado. Con estos números, parece muy aventurado hablar de "respaldo a Rajoy", como hace la Cospedal y cacarea la prensa servil, que reduce el escrutinio al aval al presidente del Gobierno frente al hundimiento de Rubalcaba. En casa hacemos otras lecturas menos partidistas. Las efemérides casuales han afectado a los resultados, pero a la inversa. En Euskadi, un año sin ETA solo sirve para certificar que se premia a los verdugos y se castiga a las víctimas: el País Vasco se siente país y vasco (el 60% de su Parlamento será soberanista), pese al espejismo del último pacto constitucionalista. En Galicia, a diez años del Prestige, se sigue aplaudiendo a los responsables de la catástrofe y a sus herederos. A Rosa Díez le dan la espalda sus vecinos, mientras el resto de España, donde su demagogia no conoce rival, la sobrevalora. La regeneración democrática de Mario Conde deberá esperar hasta mejor ocasión. La desunión de las izquierdas regala pequeñas alegrías a la población indignada, pero su ineficacia queda probada. Por cierto, ¿hemos dicho ya que el PSOE continúa impertérrito su (in)feliz travesía de la nada a la más absoluta de las miserias?

9.10.12

El rescate interior

"Los políticos se han creído que el dinero era suyo", denuncia sin amilanarse el presidenciable gallego Mario Conde. Y no, el dinero no era de los políticos. El dinero fue, es y será de los banqueros, que lo acumulan a espuertas por las buenas o por las malas, como bien sabe quien fuera el yuppie por antonomasia de la España del pelotazo; quien aún siente el aliento de la justicia en el cogote por culpa de aquel robo milmillonario cuando era, según decían, el ejemplo a seguir. Los años en la cárcel reforzaron la ilimitada ambición y la tornasolada identidad política de este ladrón de guante blanco que fue centrista y estuvo a punto de ser socialista antes de transmutarse en derechón de toda la vida, hasta que la coyuntura le ha permitido independizarse, pero poco, de los hijos de Dios, la patria y el rey. Ahora que, como escribe Alvite, "el hambre ha dejado de ser un capricho para convertirse en un castigo", Conde y otros oportunistas carroñeros de la política nacional sobrevuelan nuestra cadavérica democracia con la malsana intención de pegarle un penúltimo bocado que calme sus insatisfechas ansias de poder. La volandera formación la completan, por el flanco opuesto, el cívico Anguita y el abierto Llamazares, que conspiran en público para hacer visible su (in)fidelidad a la izquierda (des)unida. Desde sus respectivas atalayas oyeron rescate y se ofrecieron voluntarios. Incluso hay quien asegura que ha visto asomar por los amenazadores cielos castellanos las plumas (y los picos) de Aznar, Espe, Felipe y Bono como rapaces postulantes a rescatadores interiores. En casa aguardamos entre atemorizados y expectantes: estamos dispuestos a desembarazarnos de nuestro congénito abstencionismo y participar, por vez primera, en la fiesta de la democracia. Si los buitres acechan, acudiremos a las urnas… a votar a Rajoy.