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14.6.13

Vicios y virtudes

El azote del kirchnerismo, Jorge Lanata, despidió el pasado domingo su popular Periodismo Para Todos de la tele argentina con uno de sus implacables discursos: "La corrupción es como el aire acondicionado. Vos lo escuchás cuando lo ponen. Pero después te acostumbrás al ruido y lo dejás de escuchar. Con el afano es igual, primero te asombra y después te va asombrando cada vez menos y menos y menos y ya todo te parece normal". Quien así se expresa es uno de los escasos periodistas de raza que aún sobreviven al otro lado del corrompido charco, y su exordio adelanta un nuevo sopapo en la jeta de los chorros oficialistas de una nación que los amamanta por centenares. Leo Messi es paisano de Lanata aunque, por los últimos chismes escuchados en el mentidero, está más en la onda de las cuadrillas de manilargos a las que el orondo comunicador pone la cara colorada semana tras semana. Lo ventajoso para el pelotero culé es que echó los dientes en el argentado paraíso de la sisa pero pegó el estirón en la ibérica cuna de la picaresca, un hecho al que, a la vista de los resultados, le ha sacado un sustancioso provecho. Las lenguas de vecindona escupen que el futbolista del Barça le ha birlado a la hacienda española un puñado de millones, y ese parece mérito suficiente para erigirse, por derecho propio, en uno de esos "hipócritas" —denunciados en la prensa por Luis García Montero— que "afirman en público la virtud para esconder en privado sus vicios"; uno de los villanos que los futboleros convierten en héroes con la misma facilidad que la justicia troca en villanos a héroes como el perseguido soplón Hervé Falciani, un desertor del HSBC que maneja un arsenal documental capaz de aniquilar buena parte del fraude fiscal planetario; un polvorín que, por desgracia, no explotará nunca.

3.5.13

Aquí no hay quien viva

"El fútbol es —según asentó Vázquez Montalbán— la religión diseñada en el siglo XX más extendida del planeta"; y en pleno siglo XXI sigue siendo, mal que le pese a los marxistas más rancios, el verdadero opio del pueblo, cuyo principal efecto secundario, la hornbyana fiebre en las gradas, se ha impuesto como la única pandemia incurable de la actualidad. Conviene administrar estas certidumbres, de entrada, pues solo tras su dosificada ingesta se puede digerir una jornada como la de ayer, en la que la batalla entre los apocalípticos y los integrados de las huestes balompédicas estuvo más reñida que nunca. La sensacionalista prensa recreativa continuó comportándose como si no existiera el mañana y se entregó rendida a los encantos del maximalismo: la tunda germana en las semis de la championslíg ha dejado al aire las vergüenzas del fútbol español y ahora toca rasgarse las vestiduras para llorar el fin de ciclo de nuestras glorias deportivas, el Barça y el Madrid. Pero ni el (auto)engañoso uso preventivo del miedo escénico y los minuti molto longo ni el ventajista abuso posterior del apotegma linekeriano ("El fútbol es ese deporte en el que juegan once contra once y al final ganan los alemanes") marcan goles. El balompié patrio vive desde hace años en una burbuja ruinosamente gestionada —deudas milmillonarias y sueldos disparatados— que está a punto de estallar y que se llevará consigo nuestros aires de grandeza; pero, mientras miramos para otro lado, la eficacia probada europea —el lema del Bayern es "Mia san mia": nosotros somos nosotros; sin aditivos ni colorantes— nos las da todas en el mismo lado. Cuando pase la lacerante resaca de la derrota, caeremos en la cuenta de que no tenemos cantera ni pasta para fichajes, y entonces el país se echará a la calle de una puñetera vez: porque sin comer podemos ir tirando, pero sin furbo aquí no hay quien viva.