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27.5.13

Memorias worst seller

Los plumíferos más esquinados defienden que el flamante aznarazo no anunciaba el regreso del expresidente a la batalla política sino que franqueaba la vuelta de sus (des)memorias a las mesas de novedades ahora que la primavera levanta la veda sobre las ferias y fiestas literarias, pues a nadie se le escapa la feliz causalidad de que el sello de sus confesiones y el altavoz de sus amagos sean hermanos de leche mediática, o sea, hijos de papá Planeta. Tesis que cobra carta de naturaleza atendiendo a las cifras de venta del artilugio, convertido en ruinoso worst seller para una editorial reincidente en el desatino merced a las ensoñaciones de José Bono: entre las medias verdades del uno y las mentiras completas del otro no han despachado ni siquiera cien mil ejemplares, aunque el adelanto conjunto para sendos escribanos rondó los dos euromillones. Pero en casa Lara no pierden la esperanza de amortizar su desaforado mecenazgo político y, mientras ultiman los detalles del novelero recordatorio de Zapatero, ya mercadean con el tercer tomo autobiográfico de Alfonso Guerra, donde se desvela por qué no llegó a cumplirse —o sí, según se mire— el adagio socialista que rezaba: "Después de Felipe, Guerra, / y después de Guerra, nadie". Porque, por mucho que posturee ahora nuestro parlamentario más veterano ("Yo no le negaré jamás la amistad a Felipe"), lo cierto es que su entente cordiale terminó como el rosario de la aurora, según cantó el romancero Campany cuando entonces: "Por las filas felipistas / circula ya la sentencia. / Voces de muerte sonaron / del Guadalquivir al Deva. / Todas las voces decían: / 'Camaradas, guerra al Guerra. / Quedemos nosotros limpios / y sobre él caiga la mierda". Lo que pasa es que el memorialismo posmoderno es hijo bastardo de la ciencia ficción; y así no hay quien se aclare.

18.3.13

Nasíos pa torturá

Nos coscamos con ocho años de retraso de las fechorías de nuestros perros de la guerra en Iraq pero la vergüenza ajena no acierta a sobreponerse al carácter retroactivo del asunto. La culpa del bochorno colectivo la tiene El País, que ha publicado ahora (aunque parece que tuvo conocimiento del desbarre en su momento) un vídeo en el que una piara de hijos bastardos de nuestra patria una, grande y ja, ja, ja, evidencia que, antes que nasíos pa matá —como los ilustrados reclutas de las Historias de la puta mili de Ivà—, ellos vinieron al mundo pa torturá. En la peliculita de marras, los lejías hispánicos se lo pasan pipa moliendo a palos a un par de prisioneros mesopotámicos hasta dejarlos sin habla: puestos de testiculina hasta las cejas, los mercenarios que guerrean por Dios, por la patria y por su majestad (de ellos), airean sin complejos las vergüenzas de ese microcosmos marcial tan ajeno (pero tan dañino) para los hombres de buena voluntad. Así, con esta doméstica hazaña, es como vamos a celebrar de puertas adentro el décimo aniversario de la infamia en la que nos vimos envueltos por las falacias del vigoréxico Aznar y el shakespeariano Trillo: aliados con los halcones de las Azores, nos embarcaron en una desproporcionada guerra tomándose a la tremenda el histórico galimatías con el que el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, justificó lo de las armas de destrucción masiva: "Hay cosas que sabemos que sabemos. También sabemos que desconocemos cosas, es decir, sabemos que hay ciertas cosas que no sabemos. Pero también hay cosas que desconocemos que desconocemos, aquellas que no sabemos que no sabemos". Sea. La guerra y la molienda. Pero atiéndanse mis razones: si todos estos son los preciados cachorros de la madre patria, a mí que me desteten de la camada.

7.10.12

Lo malo de Bono

Fue el 8 de abril del 92 cuando José Bono cayó en la cuenta de que "andan días iguales persiguiéndose". Desde entonces, por no ser menos, él también se dedicó a perseguir días. Neruda le abrió los ojos y Ramón Rubial le dio el empujoncito definitivo: el entonces presidente del PSOE le animó "a dejar constancia escrita" de su desencuentro con Guerra, que había respondido a la solicitud de amistad del manchego con su habitual cinismo: "No te puedo impedir que me tengas afecto". Bono, resentido, se borró del guerrismo e inició una serie de anotaciones que llegaron a alcanzar 17.000 folios y que formarán, si nada lo remedia, una trilogía de la que ahora se publica el primer volumen, Les voy a contar. Se aclara en la contratapa del pedantón artefacto que lo que encierra "son los diarios —no las memorias— de un político nada frecuente". Se agradece la advertencia, claro, pues por las vetas entresacadas y aliñadas convenientemente por la prensa amarillenta, uno adivina que eso de memoria tiene poco. Más bien parece un premeditado ejercicio de desmemoria; como si un Alzheimer selectivo se hubiera apoderado de su protagonista, que, faltaría más, luce más listo, más alto y más guapo, ahora que ha recuperado parte del cabello perdido, que cualquiera de sus compañeros de viaje. Bono habla mal, o regular, de todo quisque, incluidos algunos de los que fueron sus amigos, y con cada envenenada semblanza ajena va trazando su paupérrimo autorretrato. Lo malo de Bono es que padece casi todos los vicios de la decadente clase política española y no atesora casi ninguna de sus virtudes. Su libro de memorias, con perdón, debería llamarse "La vuelta a un ombligo en ochocientas páginas", según el acertado aforismo del gran Pepe de la Colina, que se queda corto en la vuelta aunque le sobren páginas.