Du yu spikinglis? Pues ni puta falta que (te) hace, porque ya tenemos suficiente con la brasa que nos están dando los anglosabelotodo patrios, que de un tiempo a esta parte se han compinchado para demostrar que lo del nivel medio oral y escrito curricular era cierto. Por gentileza de estos infrautilizados hooligans de la Pérfida Albión, ahora sabemos que la traducción al cristiano de "revolving door" no es 'revolviendo puerta' —como pudiera parecer— sino 'puerta giratoria', y que esa es la gráfica expresión que los anglosajones emplean para denunciar los viajes de ida y vuelta que se pegan los gestores de la cosa pública y la privada a nuestra costa. En España deberíamos adoptarla como sinónimo de 'acomodo' y aceptarla como consecuencia inevitable de algo tan arraigado como el tráfico de influencias. Mientras legiones de lumbreras malgastan el tiempo pensando (y repensando) la izquierda, en esto —como en casi todo— la derecha va al grano: desde que Aznar privatizara medio país para repartirlo entre sus compañeros de pupitre, hasta hoy, cuesta encontrar un potentado pepero cuyo agradecido estómago no se halle generosamente abastecido por algún (des)interesado benefactor. La última en subirse al abarrotado carro de la mamandurria ha sido la reina del escaqueo funcionarial, Esperanza Aguirre, que se ha deshecho de sus prejuicios anticatalanistas —previo pago de su importe— para asesorar a una empresa de cazatalentos que, con su fichaje, evidencia un alarmante mal olfato para el asunto. La condesa (consorte) de Murillo pone así un punto y seguido en la (intra)historia de esta (in)sana costumbre, excluida de los estatutos del PP pero muy extendida entre su parroquia, cuyo (pen)último capítulo fue protagonizado hace unos días por Rodrigo Rato y su colocación en Telefónica. Eso sí, no serán sus aventajados alumnos (seudo)socialistas quienes puedan afearle la conducta: de Felipe abajo, calladitos estarán más guapos.
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15.1.13
20.12.12
Dios los cría...
Ayer me entretuve escudriñando el 'Abecedario de la corrupción 2012', publicado a doble página por El Mundo hace unos días: 141 nombres de sospechosos habituales, de la A de Acebes a la U de Urdangarín, pasando por exóticos ejemplares como José Blanco, Carlos Fabra o Rodrigo Rato. Ni bien acababa de finiquitar la deshonrosa retahíla, cuando aún rumiaba el conspiranoico credo del añorado Christopher Hitchens ("Creo que este planeta es usado como colonia penal, manicomio y basurero por una civilización superior para deshacerse de los indeseables e incapaces. No lo puedo probar, pero usted tampoco puede demostrar lo contrario"), me di de bruces en internet con una foto de aúpa; en ella, su majestad (de ustedes) aparece flanqueada por la corrupta flor y nata del mosqueante binomio empresariado/política durante una cacería de perdices perpetrada hace un lustro: un trío de palmeros, envuelto en rigurosos ropajes cinegéticos, sonríe en la instantánea junto al Rey. Casualmente, los tres retratados aparecían referidos en el pútrido inventario que acababa de empaparme: Gerardo Díaz Ferrán, exmandamás de la CEOE, enchironado por presunto delito de alzamiento de bienes y blanqueo de capitales; Jaume Matas, excacique (popular) de Baleares, empapelado por diversos delitos y pringado en más de veinte casos por malversación, fraude, falsedad, prevaricación y tráfico de influencias; y Arturo Fernández, número uno de la patronal madrileña y dos de la española, imputado por estafa, apropiación indebida y falsificación de cuentas por lo de Bankia. Miré la foto largo rato y, mientras certificaba que a este país medieval no lo rescata ni la madre que parió a Merkel, cruzaron por mi mente películas —La escopeta nacional, claro—, novelas —Las amistades peligrosas—, canciones —With a little help from my friends— y hasta el socorrido refranero castellano, que acudió para recordarme que Dios los cría… y ellos se lo reparten.
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