En estos últimos meses se viene elevando a conocimiento público, adornado con todo lujo de detalles, aquello que los malpensados llevábamos años barruntando: el mangoneo generalizado se instaló en el Partido Popular como ceremonia y costumbre —que diría Yeats— desde el mismísimo momento de su fundación. Defendía Max Weber que solo podemos saber lo que somos si determinamos cómo hemos llegado a ser lo que somos, y así, entre una ley de transparencia que no termina de fraguar y una ley mordaza que nunca debería fraguar, el PP está dejando entrever sus vergüenzas pasadas y presentes, lo cual que vamos empezando a saber lo que es precisamente porque se está determinando cómo ha llegado a serlo. Así lo reconocen incluso sus adversarios, como Irene Lozano: "El máximo ejercicio de transparencia que ha hecho el PP —si bien a trompicones— ha sido el de publicar su contabilidad B en los periódicos"; aunque sea por la vía indirecta, cabría añadir. El caso es que gracias a los diarios (in)dependientes vamos descubriendo que a la tesorería pepera se jugaba al revés que al parchís: Bárcenas se comía veinte, contaba una y las otras diecinueve las repartía. Aunque, mayormente, lo que está quedando al descubierto es que los gerifaltes genoveses diseñaron dos universos paralelos que ahora pretenden finiquitar con discursos para lelos. La Cospedal espera que lo del extesorero "se ventile con total normalidad", pero sucede que las (sobre)soldadas a discreción solo son la punta de un iceberg que esconde, además, regalías gürtelianas a todo quisque, mamoneos entre los mandamases mediterráneos y nuestros regentes, estafas bankiarias, dádivas empresariales… O sea, que no va a resultar sencillo ventilar toda la mierda que corrompe una cofradía cuyos potentados se dividen entre quienes un buen día se vendieron al mejor postor y quienes, por no ser menos, se dejaron comprar.
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2.6.13
20.12.12
Dios los cría...
Ayer me entretuve escudriñando el 'Abecedario de la corrupción 2012', publicado a doble página por El Mundo hace unos días: 141 nombres de sospechosos habituales, de la A de Acebes a la U de Urdangarín, pasando por exóticos ejemplares como José Blanco, Carlos Fabra o Rodrigo Rato. Ni bien acababa de finiquitar la deshonrosa retahíla, cuando aún rumiaba el conspiranoico credo del añorado Christopher Hitchens ("Creo que este planeta es usado como colonia penal, manicomio y basurero por una civilización superior para deshacerse de los indeseables e incapaces. No lo puedo probar, pero usted tampoco puede demostrar lo contrario"), me di de bruces en internet con una foto de aúpa; en ella, su majestad (de ustedes) aparece flanqueada por la corrupta flor y nata del mosqueante binomio empresariado/política durante una cacería de perdices perpetrada hace un lustro: un trío de palmeros, envuelto en rigurosos ropajes cinegéticos, sonríe en la instantánea junto al Rey. Casualmente, los tres retratados aparecían referidos en el pútrido inventario que acababa de empaparme: Gerardo Díaz Ferrán, exmandamás de la CEOE, enchironado por presunto delito de alzamiento de bienes y blanqueo de capitales; Jaume Matas, excacique (popular) de Baleares, empapelado por diversos delitos y pringado en más de veinte casos por malversación, fraude, falsedad, prevaricación y tráfico de influencias; y Arturo Fernández, número uno de la patronal madrileña y dos de la española, imputado por estafa, apropiación indebida y falsificación de cuentas por lo de Bankia. Miré la foto largo rato y, mientras certificaba que a este país medieval no lo rescata ni la madre que parió a Merkel, cruzaron por mi mente películas —La escopeta nacional, claro—, novelas —Las amistades peligrosas—, canciones —With a little help from my friends— y hasta el socorrido refranero castellano, que acudió para recordarme que Dios los cría… y ellos se lo reparten.
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