Extraña manera de celebrar el Día Internacional de la Mujer. La del PP, digo. De un tiempo a esta parte, entre las fuerzas vivas se están perdiendo hasta las buenas costumbres y la última conquista social de nuestros gerifaltes consiste en cometer sus tropelías sin solución de continuidad, incluyendo domingos y fiestas de guardar. Por eso los esbirros que guardan las espaldas de la ministra Mato escogieron esa efeméride para hacer honor al apellido de su jefa: cuando un grupo de plumillas intentaba recabar (inútilmente) alguna mamarrachada de la (presunta) corrupta consorte, uno de sus matones martilleó una pared con el estómago de una reportera de Antena 3 (Soledad Arroyo) antes de partirle una mano por la base del radio. Extraña manera de celebrar el Día Internacional de la Mujer. La del PP, decía, y la del PSOE, que se pasó por el forro fecha tan señalada para tomar al abordaje la alcaldía de Ponferrada violando con tal hazaña sus propios logros en materia de igualdad. Lo hizo con premeditación, alevosía y una descomunal falta de tacto, pues su estrategia pirata para suplantar al PP en el gobierno local contó con el apoyo interino del condenado acosador sexual de Nevenka Fernández, el exalcalde. La letra pequeña del contubernio no da ni para un cutre culebrón, pero lo imputable puede resumirse en que los socialistas aún andan como María, dando un pasito pa'lante y otro pa'tras; un nuevo numerito que obligó a confesar a Rubalcaba, para quitarse el muerto de encima: "Nos equivocamos, rectificamos y punto"; aunque no aclaró si el punto era y seguido, y aparte o final. Por si acaso, Santi González le sugirió que optara por este último: "Hay edades, Alfredo, en las que podemos permitirnos cualquier cosa. Menos hacer el ridículo. Déjalo ya, hombre, y que sea lo que Dios quiera".
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10.3.13
Que sea lo que Dios quiera
12.2.13
El expolio patronal
Lamentaba Faulkner que el hombre no pueda "comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas" y sostenía que la triste razón de la desdicha humana radica en que "lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar". Eso lo hemos sufrido (casi) todos en algún momento aunque, ahora que no nos llega ni para ser desdichados —o sea, trabajadores—, los patronos parecen ensañarse con nuestro sufrimiento. El nauseabundo recochineo con el que los gerifaltes de la patronal desprecian a los parias del siglo XXI debe ir con su sueldo, pero se entiende regular con seis millones de parados. Haciendo memoria, de las últimas cúpulas de la CEOE salen más delincuentes que empresarios decentes. A saber: su penúltimo mandamás, Díaz Ferrán, está en el talego; un vástago de su antecesor, José María Cuevas, fue trincado la semana pasada por blanqueo de capitales; y al actual vicepresidente y cabecilla de la patronal madrileña, Arturo Fernández, acaban de ponerle la cara colorada por retribuir a sus asalariados en negro. Cierto es que la mejor manera de defendernos de este mal de muchos es un consuelo de tontos —no parecernos a ellos, como sugería Marco Aurelio en sus Meditaciones—, pero algo es algo. El expolio patronal viene avalado por una vampírica reforma laboral, diseñada a su insaciable medida, que va camino de convertir a España en un páramo laboral. Así que nos están sisando por lo civil y por lo criminal y, de paso, se cachondean en nuestra jeta, dando lecciones de austeridad mientras niegan las cifras del paro. Todo por la pasta, claro. Por eso yo, como mi colega César Losada, "no creo en revoluciones contra políticos, ni banqueros, ni conspiraciones opacas […]. La única revolución efectiva ha de ser contra el poder de todos los poderes, contra el Dios dinero".
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20.12.12
Dios los cría...
Ayer me entretuve escudriñando el 'Abecedario de la corrupción 2012', publicado a doble página por El Mundo hace unos días: 141 nombres de sospechosos habituales, de la A de Acebes a la U de Urdangarín, pasando por exóticos ejemplares como José Blanco, Carlos Fabra o Rodrigo Rato. Ni bien acababa de finiquitar la deshonrosa retahíla, cuando aún rumiaba el conspiranoico credo del añorado Christopher Hitchens ("Creo que este planeta es usado como colonia penal, manicomio y basurero por una civilización superior para deshacerse de los indeseables e incapaces. No lo puedo probar, pero usted tampoco puede demostrar lo contrario"), me di de bruces en internet con una foto de aúpa; en ella, su majestad (de ustedes) aparece flanqueada por la corrupta flor y nata del mosqueante binomio empresariado/política durante una cacería de perdices perpetrada hace un lustro: un trío de palmeros, envuelto en rigurosos ropajes cinegéticos, sonríe en la instantánea junto al Rey. Casualmente, los tres retratados aparecían referidos en el pútrido inventario que acababa de empaparme: Gerardo Díaz Ferrán, exmandamás de la CEOE, enchironado por presunto delito de alzamiento de bienes y blanqueo de capitales; Jaume Matas, excacique (popular) de Baleares, empapelado por diversos delitos y pringado en más de veinte casos por malversación, fraude, falsedad, prevaricación y tráfico de influencias; y Arturo Fernández, número uno de la patronal madrileña y dos de la española, imputado por estafa, apropiación indebida y falsificación de cuentas por lo de Bankia. Miré la foto largo rato y, mientras certificaba que a este país medieval no lo rescata ni la madre que parió a Merkel, cruzaron por mi mente películas —La escopeta nacional, claro—, novelas —Las amistades peligrosas—, canciones —With a little help from my friends— y hasta el socorrido refranero castellano, que acudió para recordarme que Dios los cría… y ellos se lo reparten.
24.11.12
La crema de la intelectualidá
La derecha española ha contado siempre con la (des)interesada asesoría política de lo que Agustín Lara llamó en buena hora "la crema de la intelectualidá": basta echar un vistazo a los flashes (y favores) compartidos por personajes de la calaña de Norma Duval, Julio Iglesias o Bertín Osborne con la flor y nata del PP actual para constatar que el arribismo seudoartístico del franquismo se ha perpetuado hasta nuestros días, cuando un caduco galán llamado Arturo Fernández ha dictado su última lección magistral: "Lo que pasa es que no hay que salir a la calle. Y cuando se sale a la calle, coño, sal con gente guapa, porque las manifestaciones… Yo en mi vida he visto gente más fea, mecagüen la leche. Dije, ¿pero cómo es posible? A estos no los veo por la calle. Deben de tenerlos en campos de concentración, porque no lo puedo entender. Y dicen: que salga la manada, y ahí van". Lección reída, de inmediato y a carcajada limpia, por el rebaño trajeado que pastaba a su vera en la tertulia intereconómica que (des)arregla España cada noche; argumentos de alta política, porque ellos no se andan con chiquitas. Mas, ay del que ose llevarles la contraria o meter el dedo en sus yagas, pues será juzgado, como el arzobispo Bartolomé de Carranza ("El necio callando / parece discreto / y el sabio hablando / se verá en aprieto"), por la inquisición posmoderna: verbigracia, el bocachancla Rafael Hernando, que ha instalado en Twitter su altar divino: que un juez le parece díscolo (Pedraz), lo llama "pijo ácrata"; que un actor se manifiesta indignado (Bardem), lo descalifica como "gran villano" y frívolo millonario. Ya lo decía el arzobispo: "Toda palabrita / que el necio no entiende / gran fuego prende; / y, para se apagar, / no hay otro remedio / si no es con callar".
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