Se cachondea Toni Garrido de la economía denunciando con la solemnidad que le caracteriza que "es la única disciplina que permite que distintos expertos lleguen a conclusiones totalmente diferentes utilizando los mismos datos"; y no podía haber elegido una coyuntura más favorable para meter el dedo en esa llaga: porque estamos en la semana en la que ha caído hasta mínimos históricos la cotización de la Excel(encia) financiera, esa maldita hoja de cálculo virtual —alumbrada por los alumnos más aventajados de Bill Gates— sobre cuyos desarreglos funcionales asentaron Reinhart y Rogoff las teorías austericidas que han servido como hoja de ruta a aquellos mandamases que vinieron al mundo con tijeras en lugar de manos. Aunque de poco ha servido la revelación del garrafal error de procedimiento de los cerebritos yanquis, porque los recortadores vocacionales siguen a lo suyo, con o sin aval académico. Así que, en vez de ciscarnos en el papá de Microsoft, nos vemos obligados a descargar una vez más sobre la puñetera madre de quienes se han propuesto hundirnos en la miseria. Con todo, aún quedan almas cándidas que defienden que los datos se han convertido "en el nuevo ADN de la información"; una afirmación difícil de sostener en este tremedal en el que estamos hartos de escuchar de boca de los banksters que el papel lo aguanta todo, o sea, que los datos no son más que medias verdades huérfanas de significado sin sus hermanas mellizas, las interpretaciones. Materia, esta, en la que están doctorados los trileros más baqueteados de nuestro (des)Gobierno (Rajoy, Montoro y De Guindos), que de nuevo se han confabulado para engatusarnos con el engañabobos de la prima de riesgo. Pero basta poner los pies en la calle y cruzarse cara a cara con la pobreza para mandar a tomar por saco a la susodicha prima… con toda su parentela.
25.4.13
23.4.13
Desvergüenza popular
En el arranque de 'What can I do', un añejo single del polifacético rapero Ice Cube, se oye el lamento de una fatalista voz en off: "En cualquier país, la cárcel es el lugar al que la sociedad envía a sus fracasos. Pero en este país es la sociedad misma la que está fracasando"; una queja que bien podría servirnos, aquí y ahora, para ejemplificar la vergonzante realidad de esta hipercrítica España del presente. Porque un Estado que tolera que sus saqueadores públicos sigan haciendo vida normal, ha de encontrarse forzosamente parasitado por una sociedad fracasada que no puede —pero tampoco quiere— poner fin a sus desgracias colectivas. Llevamos décadas dejando nuestro castigo sin venganza, cual trágicos personajes de Lope, y esa falta de cultura democrática nos está pasando una carísima factura. Ayer mismo supimos que, gracias a nuestros donativos, el Partido Popular amamantó cuando era cachorro a su dóberman asturiano con (sobre)soldadas, cuyos montos he recalculado en pesetas para que el encabronamiento sea mayor: cuando el salario mínimo interprofesional de los jornaleros ibéricos rondaba unas míseras sesenta mil cucas —hará cosa de veinte años—, el feroz Álvarez-Cascos nos chupaba cada mes algo más de dos millones, a tocateja y ensobrados. Sumo y sigo: los papeles airean que la costumbre del complemento en concepto de gastos de representación estaba muy extendida en esa época, y que los principales (sobre)cogedores eran el inefable Aznar y su camarilla (pre)gubernamental, que aún hoy sigue aferrada a varias carteras ministeriales. Vuelvo a sumar, y sigo: se filtran los (escasos) datos disponibles de las empresas tapadera con las que el PP lavó más blanco que sus adversarios durante años. Dejo de sumar. Mientras tanto, los impunes (presuntos) implicados dan diarias lecciones de moral ante las que parece obligado acordarse de Cleóbulo, el sabio moderado: "Ojalá yo viviera en un Estado donde los ciudadanos temieran menos las leyes que la vergüenza". Pero aquí, ni eso.
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21.4.13
Bombas dialécticas
Hay que ser borrico (o muy hijo de las dos Españas) para dejarse seducir por los cantos de la ignominia y acusar a Eduardo Madina de simpatizar "más con lo que representa ETA que con lo que representa el Partido Popular" pero, por increíble que parezca, esa fue la culebra que escupió la otra mañana Bieito Rubido Ramonde a los micrófonos de la COPE, en medio de una audiencia enardecida ante el indecente arrimón. El aliterado director de ABC hizo buena la denuncia de García Márquez acerca del frenético ritmo del periodismo actual ("Los periodistas no tienen tiempo para leer, ni siquiera de leer el periódico"); porque solo acudiendo a esa tara profesional se podría excusar la osadía de observar connivencia con el terrorismo en un político al que ETA dejó cojo y zambo al segarle media pierna por el método de la bomba lapa. Otra cosa es que la andanada no responda a la necedad sino al canguelo derechón provocado por la postulación exógena y oficiosa de Madina como futuro inmediato del PSOE. Lo que pasa es que para remedar la táctica que Arrigo Sacchi elevó a cotas artísticas en el Milan ("Defender es atacar el ataque del contrario") no hace falta lanzarse al tobillo rival, sino todo lo contrario: esgrimir y hacer valer las habilidades propias; salvo que se carezca de ellas, claro. En cualquier caso, el energúmeno que está dejando al vetusto diario monárquico a la altura de una hoja parroquial debería saber que con exabruptos y argumentos caducados ("Conozco bien el tamaño de mi partido, la grandeza del PSOE y me conozco a mí mismo y conozco mi tamaño. Sé que mi volumen no puede dirigir el volumen del primer partido de este país", confesó Madina hace quince meses) no va a aniquilar a alguien que los terroristas intentaron matar hace once años y sin embargo hicieron más fuerte.
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19.4.13
Armas (domésticas) de destrucción masiva
Ahora ya sabemos lo que cuesta hacer saltar por los aires la nunca bien ponderada Marca España, al menos en los Estados Unidos de América: unos 140 dólares. Para causar tal estropicio basta con aliñar un surtido de baratijas metálicas, ahogarlo en una olla a presión y calentarlo a fuego vivo; entonces, solo queda esperar hasta que el bum dé el chivatazo de que el contundente puchero de metralla está en su punto. Con esta sencilla receta, preparada en una de las cincuenta mil marmitas que Fagor cuela cada año a los yanquis, algún desalmado perpetró una escabechina en Boston el pasado lunes, resucitando la paranoia colectiva de un país que vive en psicosis permanente y arañando, de refilón, los intereses comerciales de nuestro patriótico Gobierno; y, gracias a esa voladura incontrolada, hemos descubierto, de paso, que las armas de destrucción masiva que amenazan la estabilidad occidental no se encuentran solo en el Oriente más o menos próximo, como nos contó el embustero trío de las Azores, sino en cualquier rincón del mundo —esta vez, en un taller industrial vasco—. Ha bastado una vulgar pieza de menaje para acongojar a los Filípides del siglo XXI, que regresaban desde la legendaria Maratón hasta la oficiosa capital de Nueva Inglaterra para cantar una victoria que se tornó en tragedia. Lo que los atletas hallaron al alcanzar la meta fue un apocalipsis hemoglobínico, una aterradora casquería humana provocada por dos petardazos que han metido de nuevo el miedo en el cuerpo al país más aprensivo del planeta; algo a lo que han contribuido los envenenados sobres destinados al presidente Obama y al Senado y la devastadora explosión de una planta de fertilizantes texana, cuyo saldo mortal aún no está cerrado. Ahora, en Norteamérica ya saben que las ollas españolas las carga el diablo; y que el terror no tiene sexo, ni raza, ni credo.
17.4.13
El capital erótico
Cuando la concejala yebenera se desenlazó de la collera de yeguas que trotan por la política provinciana para cabalgar sobre sí misma como regalo audiovisual para un amante furtivo, las cercas del porvenir se le cerraron para siempre. La lozana manchega cometió el pecado de registrar sus alardes digitales en vídeo y la propagación viral del deleite se convirtió en su penitencia: la dictadura del populacho la sentenció a escarnio perpetuo al tiempo que el postureo progresista sacaba la cara por ella; pero el daño ya estaba hecho. Asqueada de las lenguas de vecindona, clavó el punto final a su currículo político y se dispuso a gestionar con provecho lo que Catherine Hakim ha llamado el "capital erótico". Su primer paso fue alistarse en el pelotón de seudofamosos a quienes les ha dado por tirarse a la piscina televisiva previo pago de su importe pero, mientras los otros le echaban arrestos al asunto para encaramarse a la plataforma y darse de barrigazos, la ínclita Hormigos escalaba a bombo y platillo hasta el trampolín de la fama, desde donde se ha lanzado esta semana dibujando un salto mortal de necesidad y perdiendo el bañador por el camino. Porque el último hito en el fugaz discurrir de la exedila toledana por el estrellato ha sido el despelote en la fachada del Interviú, donde se ha lucido enfundada en unas bragas de mercadillo con la esperanza de erigirse en la musa cutre del hedonismo patrio. A la casada infiel le han llegado los ecos de la transparencia política y los ha encarado por la vía de la literalidad, autoproclamándose como la posmoderna libertad guiando al pueblo, que para su desgracia no tendrá un Delacroix que la inmortalice. Quedará, en cambio, empapelada como el barato pasatiempo de la España verderona, antes de honrar definitivamente al estigma que arrastra desde la pila bautismal: el Olvido.
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